Un nuevo modelo físico propone que el tiempo es solo una ilusión


Es posible que el espacio y el tiempo no tengan otra naturaleza que la que les asignemos por convención
Son conceptos tan básicos que se resisten a ser definidos, y, sin embargo, sobre ellos se basa toda nuestra ciencia. ¿Qué son el espacio y el tiempo? Su interpretación ha variado a lo largo de la Historia y aún hoy es posible que una nueva manera de comprenderlos provoque la próxima revolución científica. Ya tenemos ejemplos como Julian Barbour, que propone un modelo serio de física alternativa en la que el tiempo no existe más que como una ilusión en nuestras mentes. Es posible que el espacio y el tiempo no tengan otra naturaleza que la que les asignemos por convención. Por Sara Lumbreras Sancho.


Un nuevo modelo físico propone que el tiempo es sólo una ilusión
El espacio y el tiempo son conceptos tan fundamentales que se resisten a ser definidos (como en la conocida cita de San Agustín: “¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé. Si me lo preguntan, no lo sé”). Su naturaleza última está fuera del alcance de la ciencia y, sin embargo, toda la física se basa en ellos. Han evolucionado con la ciencia: el espacio y tiempo absolutos fueron esenciales para el desarrollo de la mecánica Newtoniana; un espacio-tiempo que depende del observador y que se ve deformado por la materia es el núcleo de la revolución traída por la Relatividad General.

Precisamente la Relatividad General, junto con la Teoría Cuántica de Campos (QFT) plantea un espinoso enigma a la ciencia actual, al no haberse encontrado ninguna teoría que las unifique. Pese a décadas de esfuerzo en varias líneas de investigación prometedoras (como las Supercuerdas), el proceso de unificación iniciado con las leyes de Maxwell no ha podido aún incluir con éxito a la Gravedad junto con las otras fuerzas. Es posible que la próxima revolución científica llegue con un cambio de paradigma que reconcilie las dos teorías enfrentadas con una nueva manera de comprender el espacio y el tiempo.

Como lo expresó Majid en su libro Espacio-tiempo cuántico y realidad física: “Está iniciándose un nuevo Renacimiento centrado en nuestra comprensión del espacio y el tiempo’’. Parece claro que la Ciencia necesita ayuda de la Filosofía, y que es indispensable en este punto identificar y analizar los supuestos que subyacen a las teorías dominantes actuales. Las viejas preguntas deben ser revisitadas con ojos nuevos: ¿Cuál es la naturaleza del espacio y el tiempo? ¿Son continuos o discretos? (y esta pregunta no tiene por qué tener la misma respuesta para ambos). ¿Son independientes de la consciencia? ¿Tienen sentido el espacio vacío o el tiempo sin cambio? ¿Cómo interactúan con la materia? La Filosofía ha reflexionado sobre estos problemas durante siglos. Revisar sus conclusiones nos puede proporcionar un buen punto de partida.


Breve historia de la filosofía del espacio y el tiempo

No es sorprendente que encontremos en Grecia los dos primeros ejemplos bien conocidos de filósofos del tiempo. Heráclito defendía que todo a nuestro alrededor se encontraba en un estado de constante fluir, que el cambio era lo único que permanecía. En la posición contraria, para Parménides, el cambio era una ilusión, ya que para él era lógicamente imposible.

Zenón, discípulo de Parménides, formuló las paradojas que le hicieron célebre. En ellas trataba de demostrar que el movimiento era imposible porque se componía de la suma de infinitas partes (por ejemplo, Aquiles no podrá nunca alcanzar a la tortuga a la que dio ventaja en una carrera, porque cuando llega al punto en el que se encontraba el reptil un instante atrás éste siempre ha avanzado algo más).

Aunque hoy en día estas paradojas nos resultan muy ingenuas, podemos sacar en claro que Parménides y Zenón asumían que el espacio y el tiempo eran continuos. Es más, éste es el caso de todos los filósofos naturales griegos bien conocidos, incluido Demócrito (para él sólo la materia estaba cuantizada, no el espacio infinito que la contenía).


Tres existencias

Platón propuso tres tipos diferentes de existencia: lo que es (material), en lo que se es (espacio), y por lo que se es (el modelo, la forma). Así que para él el espacio existía pero no de la misma manera que la materia.

Aristóteles afirmó que la existencia del espacio “la hace obvia el hecho de que las cosas puedan remplazarse”. Incluso propuso una definición: “El espacio ocupado por un objeto es la frontera estática más pequeña que lo contiene”. Sin embargo, el tiempo no tiene existencia real, ya que el pasado ya no existe y el futuro no existe todavía. Pese a ello, le dio una definición: “El tiempo es el número del cambio con respecto al antes y al después”. Esto implica que sólo existe en la mente, ya que “el tiempo es un tipo de número, y sólo el alma puede contar”.

Los teólogos medievales sostenían que Dios no existe en el tiempo sino en la eternidad, entendida como la existencia sin tiempo más que como tiempo sin principio ni final. Como lo expresó Boecio: “La eternidad es la posesión completa y perfecta de vida ilimitada en un único instante”. Es interesante notar que para los maestros medievales como San Agustín o Boecio, este ojo divino que lo ve todo en un mismo instante no suponía ninguna amenaza para la libertad. El conocimiento que Dios tiene del futuro no es equivalente al conocimiento humano de lo que está por venir, puesto que para Él, todos los momentos de la historia son equivalentes. Es útil mantener estas consideraciones en mente cuando reflexionemos sobre cosmologías sin tiempo como la de Barbour.

Kant interpretaba el espacio y el tiempo como nociones a priori que no son abstraídas por la experiencia, sino que son el marco que hace que ésta sea posible.

Newton creó definiciones precisas de los conceptos de movimiento, espacio y tiempo. De acuerdo con ellas, el tiempo fluye perfectamente uniforme, imperturbable. El espacio es absoluto, casi como un contenedor transparente que se extiende hasta el infinito. Concedió que sólo podían observarse movimientos relativos, pero afirmó que los movimientos absolutos podían deducirse a partir de ellos.


Vuelta al absoluto

Leibniz se oponía a este punto de vista, defendiendo una visión relativa del espacio donde sólo las distancias y velocidades relativas tenían significado físico real. Su correspondencia con el portavoz de Newton, Clarke, se siguió con interés. El argumento final de las discusiones fue un experimento donde un cubo de agua se hace girar. La curvatura que aparece en la superficie del líquido no responde al movimiento relativo entre el agua y las paredes del cubo sino claramente a la rotación absoluta. La discusión se considero cerrada a favor de la interpretación de Newton.

Hasta el siglo XIX no se volvió a sospechar de la noción invisible de espacio absoluto. Mach, científico brillante y empirista convencido, argumentó que el momento linear o angular de un objeto existe como consecuencia de su movimiento relativo con respecto al resto de objetos en el universo. Esto es lo que Einstein llamó el Principio de Mach. La inercia es entonces un concepto que se refiere no a cuerpos aislados, sino al universo en su totalidad.

Einstein se sintió inspirado por las leyes de Maxwell -que determinan la velocidad de la luz sin especificar con respecto a qué referencia- a postular que era la misma para todas. De hecho, todos los experimentos que habían intentado medir diferencias en la velocidad de la luz debidas a movimientos relativos con respecto al éter (como el experimento de Michelson-Morley) habían fracasado. Desde este punto de partida derivó un nuevo paradigma en el que todas las leyes de la Física son idénticas e independientes del observador.

El espacio y el tiempo están completamente entrelazados en el espacio-tiempo, y ya no son inmutables, sino que se ven deformados por la materia que contienen. Es su geometría, la que define la inercia ahora, ya que los marcos de referencia inerciales son los que siguen las geodésicas (caminos de mínima distancia) de este nuevo paisaje.

La Teoría de la Relatividad ha sido probablemente la transformación más profunda en nuestra comprensión del espacio y el tiempo, haciendo avanzar nuestro conocimiento de la Física. Ahora, la pregunta es si otro cambio en nuestra interpretación de estos conceptos puede traernos la próxima revolución. Quizá sus inicios están ya presentes en alguno de los modelos evocadores que presentamos en la siguiente sección.


El universo sin tiempo y otras perspectivas sugerentes

En esta sección presentamos algunas perspectivas interesantes que difieren de la interpretación convencional y que podrían desencadenar la próxima revolución científica. Exponemos la idea de universo eterno de Julian Barbour, junto con otras especulaciones provocativas de un grupo de respetados físicos contemporáneos.

Julian Barbour admitió que le fascinó leer en una de las obras de Mach: “Está totalmente fuera de nuestras capacidades medir cómo cambian las cosas en el tiempo. Más bien al contrario, el tiempo es una abstracción a la que llegamos a través de los cambios en las cosas”. Continúa sus reflexiones con la idea de que cuando medimos tiempo estamos en realidad midiendo distancia.

Utilizamos el ángulo cubierto por la manecilla del reloj para inferir el tiempo transcurrido. El tiempo solar es la distancia recorrida por el sol en el cielo. El tiempo sideral, lo que se han desplazado las estrellas. El tiempo atómico, las oscilaciones de un átomo de cesio. De hecho, es posible construir el reloj más sencillo analizando las trayectorias de tres cuerpos moviéndose inercialmente. Este reloj inercial fue presentado por primera vez por Neumann, y después lo desarrolló Tait. Con tres partículas, asumimos que una de ellas se encuentra en reposo.

Podemos utilizar la segunda como la manecilla del reloj, dividiendo en intervalos la distancia que cubre. Si suponemos que se mueve con velocidad unidad, es inmediato deducir la velocidad de la tercera partícula. De hecho, basta con tres instantáneas de un sistema inercial para definirlo completamente en estos términos y ser capaz de calcular todas las posiciones relativas de sus componentes, pasadas y futuras. Es importante caer en la cuenta de que estas instantáneas llegan sin ninguna información adicional que proporcione el momento en el que fueron tomadas.


Sistema sin tiempo

La posibilidad de describir un sistema (aunque fuera muy simple) sin tiempo es lo que inspiró a Barbour en su búsqueda de un modelo de universo eterno. Propone que el verdadero escenario del universo es el espacio de todas sus configuraciones posibles. Como estas configuraciones son eternas, da a este espacio el nombre de Platonia.

Todas las Platonias tienen un estado de mínimo tamaño y complejidad al que llama Alpha. Sin embargo, no hay Omega, ya que no existe ningún límite para el tamaño o la complejidad de lo que puede existir. Si trazamos una curva en Platonia, tendremos una posible historia del universo. De nuevo, no necesitamos del tiempo: como en la construcción de Tait, tener las posiciones relativas de los elementos es suficiente para definir una historia (y nada nos impide echar un vistazo a la posición relativa de las manecillas de nuestro reloj en cada punto de la curva).

Podemos definir distancias en Platonia como nos plazca, y, utilizándolas, trazar curvas de longitud mínima o geodésicas a través de su paisaje. Algunas definiciones de distancia son especialmente interesantes, ya que Barbour consigue derivar de ellas historias que son coherentes con las leyes de Newton o, con una definición más sofisticada, incluso con la Relatividad. Así, parece posible reformular la Mecánica por completo sin necesidad del tiempo.

Sin embargo, nuestra experiencia nos indica que el tiempo sí existe. Barbour intenta explicar el origen de esta persistente ilusión. En Platonia todas las posibles configuraciones del universo existen eternamente. Sin embargo, estas configuraciones aparecen con distinta intensidad.

Describe una bruma que se concentra en las mejores soluciones de la ecuación del universo, de una manera que recuerda a las probabilidades de la Mecánica Cuántica. Las soluciones que resuenan mejor son las que tienen más coherencia interna. Esta coherencia interna se manifiesta en la creación de lo que él define como cápsulas del tiempo.

Una cápsula del tiempo es un patrón estático que crea o codifica la apariencia de movimiento, cambio o historia. Por lo tanto, nuestra impresión de tiempo y movimiento sólo se debe a las huellas que deja, que son en realidad eternas, y a los recuerdos en nuestra consciencia que son también patrones eternos.

Bradbury imagina que el universo tiene probablemente una tendencia a encontrar más apropiadas las soluciones con más estructura. Esto hace que los universos que contienen consciencias sean los preferidos (ya que nada hay más complejo que la consciencia). Esto podría explicar el hecho de que la realidad que observamos es altamente compleja y estructurada, que es un estado altamente improbable estadísticamente.


Geometría no conmutativa, espacio-tiempo espuma, fractales y hologramas

El tiempo es una ilusión. Chris kirkman. Every stockphotoLa de Barbour no es la única cosmología de la eternidad. En las Redes Causales, como en los trabajos de Penrose y Sorkin, el espacio-tiempo se describe mediante una serie de eventos discretos en la que únicamente se especifica qué elementos preceden causalmente a otros.

Penrose reflexiona también sobre los valores que se le dan al momento angular en la Mecánica Cuántica. “¿Por qué decimos que un electrón tiene espín arriba o abajo, en vez de derecha o izquierda?”. Sólo sabemos que el espín de un electrón puede tomar dos valores distintos: ½ o -½. Asimilarlos a una dirección en el espacio carece de sentido. Cuando construimos una estructura a partir de partículas elementales, podemos calcular su momento angular total. Si trasladamos un electrón de una estructura a otra, podemos calcular la probabilidad de que la segunda estructura incremente o disminuya su momento angular en el ½ aportado por el nuevo electrón. Penrose interpreta esta probabilidad como el coseno del ángulo que forman las dos estructuras.

Si un electrón que está contribuyendo con momento angular positivo en su estructura origen tiene 100% de probabilidad de aportar momento positivo una vez transferido, entonces las dos estructuras son exactamente paralelas. Si siempre contribuye en sentido opuesto entonces son antiparalelas. Valores intermedios de probabilidad nos darían ángulos intermedios. Estas probabilidades son discretas, pero cuando las estructuras aumentan en complejidad el número de valores que puede tomar, la probabilidad aumenta. En el límite, da origen a un continuo de direcciones.

Las Redes de Espín no consideran el tiempo, pero Penrose las generalizó a un espacio-tiempo de cuatro dimensiones en su Teoría de Twistores. En esta teoría, las unidades básicas son los rayos de luz, ya que un fotón existe simultáneamente en todos los puntos atravesados en su trayectoria debido a la deformación relativista del tiempo.

En todos los modelos presentados hasta ahora se asume que la distancia de A a B es necesariamente la misma que de B a A. La geometría no conmutativa prueba a relajar esta condición y a aplicar la geometría no conmutativa al espacio. Alain Connes, un matemático francés, trabaja en explorar las posibilidades de esta concepción del espacio. Recordando a Demócrito y sus átomos (en la que los distintos elementos se distinguían por sus formas diferentes) propone que quizá la materia sea una manifestación de la estructura profunda del espacio-tiempo.


El tiempo como espuma

Ya hemos mencionado que la suposición de continuidad para el espacio-tiempo puede ser la causa de que no hayamos encontrado aún la Gravedad Cuántica. Sabemos de la Mecánica Cuántica que las distancias menores que la longitud de Plank carecen de sentido físico. El espacio-tiempo podría estar basado en una especie de espuma (como lo expresó John Wheeler), y su escala fundamental podría ser borrosa. Shahn Majid estudia las consecuencias que tendría esta descripción de la realidad. En particular, la teoría de Majid predice que la velocidad de la luz debería variar ligeramente con la frecuencia. Ya se están realizando experimentos para detectar estas desviaciones mínimas en la luz emitida por supernovas distantes utilizando el telescopio LISA.

Tim Palmer propuso una nueva interpretación de la Mecánica Cuántica en la que las probabilidades aparecen como consecuencia de la complejidad intrínseca de la estructura del espacio. Para él la realidad profunda debería ser descrita como un fractal. Su idea principal puede explicarse con la analogía de recibir las coordenadas de un punto en una costa de perfil intrincado. No seríamos capaces de saber con seguridad si el punto pertenece a la tierra o al mar, sino una probabilidad. Palmer sostiene que las probabilidades que encontramos en la Mecánica Cuántica se derivan de un fenómeno similar.

También se ha propuesto que toda la información contenida en el universo está codificada en su frontera. Este holograma cósmico encerraría en una superficie bidimensional la realidad tridimensional completa. Si el espacio es discreto, significaría que para que la superficie pudiera contener toda la información, el interior debería ser mucho más borroso. Craig Hogan cree que esta falta de definición puede estar detrás del ruido, por ahora inexplicado, que está perturbando el experimento GEO600 en Hannover, diseñado para detectar ondas gravitacionales.


Una intrigante posibilidad

De acuerdo con Barbour, podemos describir nuestra realidad sin referirnos al tiempo. Él toma este hecho como evidencia de que la naturaleza del tiempo es ilusoria. Sin embargo, incluso si su descripción es completamente consistente con las observaciones, esto no prueba que el tiempo no existe. Sólo prueba que es matemáticamente posible hacer Física sin tiempo, lo cual es una conclusión completamente diferente.

Como ya tenemos una Física basada en el tiempo, esto querría decir que tenemos dos modelos distintos que funcionan igualmente bien. En la Teoría de Campos Cuánticos nos encontramos también con dos modelos, formulados sobre espacio-tiempos diferentes, que dan resultados equivalentes. ¿Es posible que descripciones distintas del espacio y el tiempo nos proporcionen predicciones igualmente correctas?

Poincaré señaló el hecho de que nuestros sentidos no pueden percibir directamente la geometría del espacio. El espacio geométrico, el verdadero marco de nuestras experiencias, es distinto del espacio de representación que inferimos de nuestros sentidos.

Para empezar, la experiencia de la visión es un fenómeno puramente bidimensional. Sin embargo, tomamos la información de nuestras retinas y del resto de nuestras percepciones y cómo estas varían con el movimiento y los combinamos para formar el espacio de representación tridimensional.

Como resultado, ‘’Es también imposible representarnos los objetos externos en el espacio geométrico, así como imposible es para un pintor dibujar en una superficie plana los objetos con sus tres dimensiones. El espacio de representación es sólo una imagen del espacio geométrico, una imagen deformada por cierta perspectiva, y sólo podemos representarnos los objetos haciéndolos obedecer las leyes de esta perspectiva”.


El tiempo como convención

Poincaré propone un experimento mental en el que consideramos un mundo contenido en una esfera en el que todos los cuerpos tienen el mismo coeficiente de dilatación, así que la longitud de cualquier objeto es proporcional a su temperatura absoluta. La temperatura de este mundo disminuye con la distancia al centro según la fórmula R2 – r2, así que en su frontera la temperatura es el cero absoluto. Incluso aunque este universo es finito, para sus habitantes es de hecho infinito ya que se vuelven más y más pequeños al aproximarse a la frontera. Estos seres imaginarios estudiarían la física de su mundo, completamente inconscientes de las dilataciones térmicas. Cuando se mueven, experimentan una contracción en sus miembros en la dirección de la frontera. Sin embargo, esta deformación se consideraría una serie de perspectiva, con lo que sus sentidos se ajustarían para corregirla.

Poincaré señala que “sería un error concluir que la geometría es, ni tan siquiera en parte, una ciencia experimental. Si fuera experimental, sólo sería aproximada y provisional. ¡Y qué burda aproximación sería! La geometría consistiría únicamente en el estudio de los movimientos de los cuerpos sólidos, pero en realidad no le atañen los sólidos naturales: su objeto son los sólidos ideales’’. Finalmente argumenta que la experimentación puede guiarnos, pero no impone ninguna elección de geometría ni puede revelarnos cuál es la más apropiada, la verdadera.

Es imposible medir una distancia sin una regla, o sin la posibilidad de desplazar la regla, ya que sólo podemos comparar objetos yuxtapuestos. Asumimos que la regla se mantiene constante durante el proceso. Éstos son los supuestos que dan forma a la geometría que encontramos. Podríamos encontrar una solución distinta si tomásemos otras hipótesis. Por ejemplo, si en vez de asumir que las reglas no se distorsionan, asumimos que la velocidad de la luz es constante, encontramos la geometría relativista.

Es posible que el espacio y el tiempo no tengan otra naturaleza que la que les asignemos por convención. Parece que podemos encontrar teorías igualmente válidas basadas en supuestos muy diferentes. Esto puede indicar que su realidad fundamental no existe independientemente de la experiencia que los asume, en una interdependencia inevitable. También podría ser que su naturaleza más básica no pudiera expresarse matemáticamente y sólo pudiéramos encontrar aproximaciones. O, finalmente, podría significar que la naturaleza puede describirse de varias maneras distintas. Los diferentes modelos que funcionen con éxito deberían ser entendidos como descripciones de la misma realidad, pese a sus diferentes expresiones.


Sara Lumbreras Sancho, de JP Morgan en Londres, es ingeniero del ICAI y colaboradora de la Cátedra CTR.

Fuente: tendencias21

Otros artículos de esta sección


Descubren un modelo teórico de viaje al pasado
El primer viaje en el tiempo tendrá lugar este siglo
El espacio tiempo se distorsiona junto a los agujeros negros
Ingenieros japoneses consiguen el efecto óptico de la invisibilidad
Descubren la clave del mantenimiento de las habilidades cognoscitivas después de los 80
El ser humano obedece ciegamente a las órdenes de hacer daño
Una nueva investigación establece que es posible vivir sin los sueños
Los sueños son, en parte, una actividad de la memoria
Las abejas son capaces de distinguir números
Descubren las bases neurológicas de la sabiduría
Descubren la fórmula para descubrir posible vida extraterrestre
Comfirman que el poder de la imaginación es real
La Cuarta Dimensión
Clonación
Los sueños
Parálisis del sueño
La extraña historia de la gripe A(H1N1)
Eugenesia
Inicio


Portada

Noticias paranormales y científicas


Índice


Portada

Los milagros persisten en el mundo moderno


Ciencia y religión confluyen en el estudio de las curaciones inexplicables

El periodista Michael Paulson ha analizado recientemente, en la revista The Boston Globe, el fenómeno de los milagros. Según Paulson, los milagros no han desaparecido en nuestro tiempo –a pesar de que parezcan contradecir la mentalidad moderna- pero sí que ha cambiado la forma en que la Iglesia Católica Romana los tiene en consideración. Ahora, la Iglesia cuenta con todo un elenco de especialistas en medicina que, desde una perspectiva siempre científica, tratan de diferenciar las recuperaciones asombrosas, médicamente comprensibles, de las curaciones milagrosas, sin explicación científica alguna. Por Yaiza Martínez.

Vidriera de la catedral cristiana de Canterbury, en Inglaterra, cuyas imágenes reflejan curaciones milagrosas
Vidriera de la catedral cristiana de Canterbury, en Inglaterra, cuyas imágenes reflejan curaciones milagrosas
Ampliar imagen
La revista The Boston Globe ha publicado recientemente un artículo, firmado por el periodista especializado en religión Michael Paulson, en el que se analiza el fenómeno de los milagros desde una curiosa perspectiva.

En un sentido general, y según muchas religiones, un milagro es una intervención divina en el Universo. En un sentido más concreto, se considera como milagro cualquier hecho de causa aparentemente inexplicable en el que, por tanto, se supone que han intervenido fuerzas sobrenaturales.

La reflexión de Paulson sobre los milagros tiene su origen en la reciente aprobación, por parte de la Congregación para la Causa de los Santos del Vaticano, de la beatificación de John Henry Newman, un cardenal inglés muerto en 1890 y que se supone intervino en la recuperación del diácono británico Jack Sullivan, que padecía una grave dolencia en su espina dorsal.

La curación de Sullivan, que afirma haberle rezado a Newman para que lo curase, no se ha podido relacionar con ningún tratamiento médico, por lo que el Vaticano ha dictaminado que es un milagro.


Milagros científicamente desechados

Todo esto sucede hoy a pesar de que, tal y como señala Paulson, los milagros nos parezcan incompatibles con los tiempos modernos.

De hecho, los fenómenos milagrosos se mantienen aún como una parte oficial de la burocracia eclesiástica, en gran medida porque se necesitan dos milagros oficialmente reconocidos para declarar santo o santa a alguien (un milagro garantiza la beatificación, y el segundo milagro la canonización).

Sin embargo, algo sí que ha cambiado en nuestra época en lo que respecta a lo que es considerado como “milagro”: el Vaticano ha desarrollado una gran experticia médica para separar lo que son las recuperaciones asombrosas, aunque médicamente comprensibles, de las curaciones milagrosas, sin explicación científica alguna.

Es decir, que los milagros ya no pueden ser “aleatorios”, sino que han de estar científicamente comprobados.


Confluencia de fenómenos

En las últimas décadas, explica Paulson, se ha producido la paradójica confluencia de dos fenómenos: al mismo tiempo que la ciencia médica ha mejorado en las explicaciones sobre las recuperaciones humanas, la Iglesia Católica Romana ha tenido que afrontar un número creciente de curaciones inexplicables.

El resultado ha sido un proceso inusual, que ha consistido en que el Vaticano se haya especializado –científicamente- en desechar causas “milagrosas” para poder revelar qué hay de verdad en cada “milagro” que se le presenta para su consideración.

Esta situación de investigaciones paralelas, la médica buscando explicaciones en el mundo natural y la eclesiástica en lo sobrenatural, supone una nueva vuelta de tuerca para la ya tradicional tensión entre ciencia y religión, afirma el autor del artículo.

El contraste es especialmente intenso dentro del catolicismo, que desde siempre ha estado más abierto a la investigación científica que otras religiones, pero que también reconoce creer en la intervención divina en la vida cotidiana y da una gran importancia a los santos y al papel de éstos en la devoción de los católicos.


Necesidad de verificación

En el pasado, los milagros tendían a ser de índole más fantástica, pero en el mundo moderno, se encuentran de manera casi exclusiva en el terreno de la curación de enfermedades, explica Paulson.

Esto se debe, según el jesuita norteamericano James Martin, autor del libro “My Life With the Saints” (Mi vida con los santos), publicado en 2006, a que la iglesia necesita que sus milagros sean verificables, y normalmente los únicos que son más fáciles de verificar (desde un punto de vista científico) son los relacionados con recuperaciones de cualquier enfermedad.

Martin señala que estas curaciones, para ser contempladas como “milagrosas”, en la actualidad deben ser inmediatas, permanentes (sin recaídas), no atribuibles a ningún otro tratamiento; han de estar claramente documentadas por evidencias médicas; y ser el resultado de plegarias intencionadas pidiendo la intervención de un santo.


Análisis desapasionado

El proceso actual de canonización de santos en la Iglesia Católica, informal durante el primer milenio de la cristiandad, se ha ido regulando durante los últimos ocho siglos, y ahora mismo ha de pasar por diversos procesos de revisión, que culminan en los exámenes de miembros de la Iglesia expertos en medicina, antes de que el propio Papa tome la última decisión.

Para ello, la Congregación para las Causas de los Santos de Roma cuenta con un equipo de especialistas en medicina que determinan si la curación carece de explicación científica.

La intención de los eclesiásticos es llevar a cabo un análisis desapasionado de cualquiera de los casos que se planteen, y esto les lleva incluso a acudir a médicos no católicos que corroboren esa carencia de explicaciones científicas para ciertos hechos.

Con todas estas condiciones y revisiones, concluye Paulson, no resulta sencillo hoy día llegar a declarar como milagrosa una curación.

El afán por la rigurosidad en el seno de la Iglesia Católica ha llevado incluso a instalar en Lourdes, lugar de peregrinación católica en Francia, un consultorio médico en el que se han revisado ya miles de supuestas curaciones milagrosas. De todas ellas, menos de 70 han sido reconocidas por la Iglesia como científicamente inexplicables y, por tanto, de intervención divina.

Fuente: Tendencias21

Otros artículos de esta sección


El Universo de Stephen Hawking sería compatible con el teísmo
Ciencia y religión deben aunarse para superar los desafíos actuales
¿Es Dios un matemático?
Descubren la relación entre la religiosidad y el apoyo social a los ataques suicidas
La Creación como kénosis, nueva perspectiva teológica
Recuperada la discusión Russell-Copleston sobre la existencia de Dios
La discusión Russell-Copleston sobre la existencia de Dios está superada
La religiosidad de los pacientes condiciona el tratamiento del cáncer
La teoría del multiverso genera debate entre pensadores científicos y religiosos
Inicio

Portada

Religiones


Los milagros persisten en el mundo moderno
Los milagros persisten en el mundo moderno
El periodista Michael Paulson ha analizado recientemente, en la revista The Boston Globe, el fenómeno de los milagros. Según Paulson, los milagros no han desaparecido en nuestro tiempo –a pesar de que parezcan contradecir la mentalidad moderna- pero sí que ha cambiado la forma en que la Iglesia Católica Romana los tiene en consideración. Ahora, la Iglesia cuenta con todo un elenco de especialistas en medicina que, desde una perspectiva siempre científica, tratan de diferenciar las recuperaciones asombrosas, médicamente comprensibles, de las curaciones milagrosas, sin explicación científica alguna. Por Yaiza Martínez. Texto completo

El Universo de Stephen Hawking sería compatible con el teísmo
Stephen Hawking
Hawking, como señala Carl Sagan, se embarca en una búsqueda de la respuesta a la famosa pregunta de Einstein sobre si Dios tuvo alguna posibilidad de elegir al crear el universo. Hawking intenta, como él mismo señala, comprender el pensamiento de Dios. Y esto hace que sea totalmente inesperada la conclusión de su esfuerzo, al menos hasta ahora: un universo sin un borde espacial, sin principio ni final en el tiempo y sin lugar para un Creador. Sin embargo, a pesar de la interpretación de Sagan, el universo de Hawking, ¿es compatible con el teísmo? Un nuevo libro de Francisco Soler Gil aporta una visión positiva. Por Leandro Sequeiros. Texto completo

Ciencia y religión deben aunarse para superar los desafíos actuales
Explosión de una estrella.
Adam Frank, astrofísico de la Universidad de Rochester, en Estados Unidos, ha publicado un libro titulado The Constant Fire: Beyond the Science vs. Religion Debate, en el que se da un giro de 180º a la discusión entre ciencia y religión. Según Frank, la coexistencia de ciencia y religión no sólo es posible sino necesaria, porque ambas son propósitos sagrados que, solamente unidas, podrán servir al interés común: superar todos los desafíos a los que en la actualidad se enfrenta el ser humano. Pero, para conseguir que cooperen para tal fin, sería necesaria una lectura menos literal de los mitos de las religiones particulares y, desde el punto de vista de la ciencia, se debería comprender que existe un logos en la construcción de los mitos, y que éstos responden a las mismas cuestiones de la ciencia, pero a un nivel mucho más profundo, el nivel mítico. Por Yaiza Martínez. Texto completo

¿Es Dios un matemático?
Mario Livio: ¿Es Dios un matemático?
El astrofisico Mario Livio, autor de diversas obras, acaba de publicar el libro Is God a Mathematician? (¿Es Dios un matemático?), en el que trata de dar respuesta a una importante cuestión: ¿existen leyes matemáticas en la Naturaleza o, por el contrario, es nuestro cerebro el que las crea? A lo largo de la historia se ha intentado resolver este enigma, tal y como demuestra el autor en una revisión histórica que va desde Platón hasta la teoría del multiverso. Livio, por su parte, propone distinguir entre descubrimiento e invención: por un lado, hay conceptos matemáticos que han sido inventados pero, por otro, las matemáticas reflejarían una parte de las propiedades de la Naturaleza. En cuanto a Dios, y a pesar del título del libro, el autor señala que las matemáticas hace tiempo que han dejado de buscar su demostración, aunque no renuncian al concepto de infinito. Por Yaiza Martínez. Texto completo

Descubren la relación entre la religiosidad y el apoyo social a los ataques suicidas
Descubren la relación entre la religiosidad y el apoyo social a los ataques suicidas
La relación entre la religión y el apoyo a los ataques suicidas es real, pero no está relacionada con la devoción o la fe religiosa particular, ni siquiera con la fe religiosa en general, sino con el ritual religioso colectivo, según un estudio. En cuatro experimentos distintos, realizados en diversos países y con personas de distintas religiones, se realizaron encuestas para conocer el grado de devoción religiosa y el nivel de acuerdo o desacuerdo con los ataques suicidas de los individuos encuestados. Se reveló así un patrón común en todos los casos: la gente que más acudía a los servicios religiosos era más propicia a favorecer este tipo de actos radicales. Los científicos señalan que esta tendencia sólo se da en contextos geopolíticos particulares. Por Yaiza Martínez. Texto completo

La Creación como kénosis, nueva perspectiva teológica
La Creación como kénosis, nueva perspectiva teológica
La idea de un Dios que impone su presencia en el mundo y que exige ser reconocido, de tal manera que no hacerlo supone contravenir las leyes del orden creado en el universo, fue propia de gran parte de la filosofía y teología teocéntrica cristiana, vigente en los últimos siglos. Hoy en día, sin embargo, comienza a abrirse camino una forma distinta de entender la presencia divina en el mundo. Dios no ha querido imponerse, sino que ha aceptado la kénosis de sí mismo en la Creación, creando un universo ambiguo en que el hombre deberá construir su vida libre y creativamente. El libro “La obra del amor. La creación como kénosis”, coordinado por John Polkinghorne, recoge las opiniones de un grupo de teólogos y científicos sobre esta nueva perspectiva. Por Leandro Sequeiros. Texto completo

Recuperada la discusión Russell-Copleston sobre la existencia de Dios
Recuperada la discusión Russell-Copleston sobre la existencia de Dios
Es indudable el interés de recordar una discusión clásica sobre la existencia de Dios, mantenida radiofónicamente en Inglaterra en el año 1948, entre el gran filósofo y matemático Bertrand Russell, que defendió una posición agnóstica, y el jesuita F.C. Copleston, prestigioso profesor de filosofía. Revivir esta discusión es remontarse al pasado para comtemplar la contraposición entre el punto de vista escolástico clásico de Copleston y el criticismo de Russell frente a la idea de Dios. Por Javier Monserrat. Texto completo

La discusión Russell-Copleston sobre la existencia de Dios está superada
La percepción de la ciencia ha cambiado considerablemente desde 1948.
La clásica discusión Russell-Copleston de 1948 suscitó enorme interés en su tiempo, pero en la actualidad puede saber algo a rancia. El ámbito de reflexión ciencia-religión ha cambiado, tenemos nuevos conocimientos y autores importantes han aportado sus ideas. No obstante tiene innegable interés valorarla y discutirla desde la actualidad porque permite recordar dónde estaba el razonamiento clásico de la escolástica en aquel entonces y por dónde van hoy las directrices más modernas del diálogo ciencia-religión. Por Javier Monserrat. Texto completo

La religiosidad de los pacientes condiciona el tratamiento del cáncer
La religiosidad de los pacientes condiciona el tratamiento del cáncer
Un estudio realizado por científicos del Dana-Farber Cancer Institute de Estados Unidos con 345 enfermos de cáncer en fase terminal, ha revelado que existe una relación entre la religiosidad de los pacientes y una cantidad mayor de cuidados destinados a prolongar artificialmente su vida, a pesar de que dichos cuidados vayan en detrimento de la calidad de ésta. Aunque aún se desconoce el por qué de esta tendencia, los científicos creen que los enfermos creyentes esperan hasta el último momento que se produzca un milagro. O también que su valoración por la vida es mayor que la consideración del daño que les pueden hacer estos tratamientos agresivos. De cualquier manera, estos investigadores señalan la importancia del conocimiento de las características religiosas de los pacientes para ayudarlos en el proceso de su enfermedad, y no sólo en la fase terminal. Por Yaiza Martínez. Texto completo

La teoría del multiverso genera debate entre pensadores científicos y religiosos
La teoría del multiverso genera debate entre pensadores científicos y religiosos
El escritor Nathan Schneider aborda en un artículo aparecido en la revista Seed las consecuencias que para el pensamiento religioso actual está teniendo la aparición de la teoría del multiverso. Para algunos pensadores religiosos relevantes, por ejemplo, el hecho de que –hipotéticamente- habitemos en uno de los muchos universos posibles es un ataque directo a la constatación de un universo inteligentemente diseñado. Para otros pensadores creyentes, sin embargo, la teoría del multiverso sólo es una respuesta a grandes cuestiones de la física –como la teoría de cuerdas- y no entra en conflicto con la idea del cosmos como creación divina. Por Yaiza Martínez. Texto completo



Portada

Ciencia y religión deben aunarse para superar los desafíos actuales


Adam Frank va más allá del enfrentamiento ciencia-religión a través de los mitos y del sobrecogimiento de la experiencia científica


Adam Frank, astrofísico de la Universidad de Rochester, en Estados Unidos, ha publicado un libro titulado The Constant Fire: Beyond the Science vs. Religion Debate, en el que se da un giro de 180º a la discusión entre ciencia y religión. Según Frank, la coexistencia de ciencia y religión no sólo es posible sino necesaria, porque ambas son propósitos sagrados que, solamente unidas, podrán servir al interés común: superar todos los desafíos a los que en la actualidad se enfrenta el ser humano. Pero, para conseguir que cooperen para tal fin, sería necesaria una lectura menos literal de los mitos de las religiones particulares y, desde el punto de vista de la ciencia, se debería comprender que existe un logos en la construcción de los mitos, y que éstos responden a las mismas cuestiones de la ciencia, pero a un nivel mucho más profundo, el nivel mítico. Por Yaiza Martínez.

Sobrecogedora imagen de la explosión de una estrella. Fuente: Hubblesite.Adam Frank, profesor de astrofísica de la Universidad de Rochester, en Estados Unidos, dedicado a estudiar la formación y la muerte de las estrellas utilizando ordenadores superpotentes, acaba de publicar un libro titulado The Constant Fire: Beyond the Science vs. Religion Debate (“El fuego constante: más allá del debate ciencia-religión”), en el que se aleja de los estancados parámetros de la discusión ciencia-religión para adentrarse en un campo más amplio: el de la experiencia espiritual de los seres humanos.

Tal y como se describe en la presentación del libro, Frank aborda en su obra el sobrecogimiento que le produce la observación científica que, según él, es un sobrecogimiento puramente espiritual.

La coexistencia de ciencia y religión (especialmente de los mitos) no sólo es posible, sino necesaria, señala el autor, puesto que ambas explicaciones del universo están llenas de sentido y aportan valor a lo que nos rodea.

The Constant Fire (el título del libro procede de un verso del poeta estadounidense Wallace Stevens) surge de la combinación de la experiencia de Frank como astrofísico y de sus lecturas de los grandes intelectuales de la religión, la filosofía y la mitología.

Y alcanza a encontrar el “tejido conectivo” entre ciencia y religión, su aspecto común como objetivos sagrados, mostrando cómo se puede ir más allá del enfrentamiento entre ambas interpretaciones de la realidad para alcanzar una experiencia más profunda del mundo como sagrado. Según Frank, se puede abrazar la ciencia sin renunciar a la espiritualidad humana.


Nuevos ateos


De hecho, el autor cree que las religiones están enraizadas en mitos de los que podemos aprender hoy día muchas cosas. Él los relaciona con la actualidad, viendo similitudes entre lo que relatan y lo que ocurre hoy, como en el caso del diluvio universal bíblico y el actual calentamiento global.

En una interesante entrevista realizada al autor en el Rochester CITY newspaper, Frank afirma sentirse como un evangelista de la ciencia, porque considera que es ésta la que le ha enseñado que hay algo más, que la experiencia contiene una cualidad sagrada.

El autor señala que, aún no estando interesado en deidad alguna ni en ninguna doctrina particular, la ciencia le ha permitido comprender lo que siente la gente verdaderamente religiosa, profundamente implicada en sus vidas espirituales.

Por eso, considera que hacer llegar los avances científicos a todo el mundo conlleva respetar la sensibilidad espiritual de los demás, y no enfrentar de manera sistemática a ateos y religiosos, como han intentado en los últimos años científicos como Sam Harris, Christopher Hitchens o Richard Dawkins.

Estos “nuevos ateos” no comprenden que la religión siempre ha jugado un importante papel dentro de la sociedad y que es un fenómeno humano, afirma Frank.


Sensibilidad religiosa y desafíos actuales


Los mitos son un tema central de “The Constant Fire” porque Frank no está interesado en dogmas o doctrinas sino, más bien, en la experiencia individual de las personas con un propósito espiritual.

Este propósito es importante, independientemente de su forma, porque sólo nos quedan unos 100 años para encontrar la manera de gestionar el proyecto de esta civilización.

Cambio climático, fin del petróleo, la superpoblación: nuestra sociedad global se enfrenta a desafíos que nunca antes había tenido que afrontar. La ciencia será parte de la solución, pero la ciencia por sí sola no puede dar respuesta a todos los problemas.

Por eso, resulta esencial que la gente posea ese sentimiento innato de que vive y participa en un mundo, un mundo en el que cada uno puede mantener su sensibilidad religiosa particular, y que ésta tiene su sitio dentro de una cultura científica.

Según Frank, el camino para que esta combinación sea posible pasa porque las doctrinas particulares abandonen las interpretaciones literales de sus mitos: debemos aprender a dar una interpretación más abierta y menos literal de todas estas tradiciones para poder encontrar la comprensión mutua.


Origen común


Desde la perspectiva científica, por otro lado, se debe comprender que existe un logos (lógica y razón) en la construcción de los mitos, y que éstos responden a las mismas cuestiones que intenta responder la ciencia, pero a un nivel mucho más profundo, el nivel mítico.

Acercarse a la mitología permite entender que la ciencia nunca ha existido sola, que siempre hemos contado con relatos más profundos que nos muestran el sentido de la belleza de un orden presente en el mundo, e invisible.

Si a ese orden se le quiere llamar “Dios”, adelante. Si se le quiere llamar “misterio”, realmente existe un nivel de la existencia que es misterioso. Desde la perspectiva científica, ninguna ecuación que podamos desarrollar podrá alcanzar y terminar con dicho misterio.

Si se estudia la herencia mitológica humana, afirma Frank, se encuentran respuestas a las grandes preguntas científicas, por ejemplo, en las historias de Indra, dios principal de la cultura védica en la India, podemos encontrar referencias a los múltiples universos. Debemos ir más allá del enfrentamiento entre ciencia y religión, para encontrar las raíces de donde ambas corrientes de conocimiento emanaron.

Fuente: © Tendencias 21

Otros artículos de esta sección


Los milagros persisten en el mundo moderno
El Universo de Stephen Hawking sería compatible con el teísmo
¿Es Dios un matemático?
Descubren la relación entre la religiosidad y el apoyo social a los ataques suicidas
La Creación como kénosis, nueva perspectiva teológica
Recuperada la discusión Russell-Copleston sobre la existencia de Dios
La discusión Russell-Copleston sobre la existencia de Dios está superada
La religiosidad de los pacientes condiciona el tratamiento del cáncer
La teoría del multiverso genera debate entre pensadores científicos y religiosos
Inicio
Portada

La Creación como kénosis, nueva perspectiva teológica


John Polkinghorne al encuentro entre ciencia y religiones


La idea de un Dios que impone su presencia en el mundo y que exige ser reconocido, de tal manera que no hacerlo supone contravenir las leyes del orden creado en el universo, fue propia de gran parte de la filosofía y teología teocéntrica cristiana, vigente en los últimos siglos. Hoy en día, sin embargo, comienza a abrirse camino una forma distinta de entender la presencia divina en el mundo. Dios no ha querido imponerse, sino que ha aceptado la Kénosis de sí mismo en la Creación, creando un universo ambiguo en que el hombre deberá construir su vida libre y creativamente. El libro “La obra del amor. La creación como kénosis”, coordinado por John Polkinghorne, recoge las opiniones de un grupo de teólogos y científicos sobre esta nueva perspectiva. Por Leandro Sequeiros.

La Creación como kénosis, nueva perspectiva teológica En octubre del año 1998, un grupo de teólogos y de científicos se reunieron en el Queens´s College de Cambridge, bajo los auspicios de la Fundación Templeton para discutir las intuiciones proporcionadas por un enfoque kenótico de la creación. Entendían ésta como producida por la acción del Dios del amor. La reunión se inspiró inicialmente en los escritos de Jürgen Moltmann y W. H. Vanstone, y ambos especialistas pudieron tomar parte en los debates. Se acordó desarrollar más el tema preparando la serie de ensayos que constituyen la parte sustancial del libro coordinado por John Polkinghorne, La obra del amor. La creación como kénosis.

El punto de partida de este ensayo es la aceptación de que el diseño del universo es kenótico. Este concepto no es nuevo. Aparece ya en la teología de Urs von Balthasar, pero en estos años se ha extendido y difundido en el mundo anglosajón. Esta expresión está empezando a formar parte de las elaboraciones teológicas modernas. ¿Qué quiere expresar? ¿Qué imagen de Dios refleja esta teología? ¿Qué consecuencias tiene para el diálogo con los científicos? La reciente publicación en castellano de este excelente ensayo teológico [Editorial Verbo Divino, Estella, 2008 (traducción de la edición inglesa de 2001), 287 páginas] abre nuevos espacios para las tendencias de las religiones.


John Polkinghorne y la kénosis


La teologia de la ciencia es un concepto emergente. John Polkinghorne es un físico y teólogo conocido por todos aquellos que muestran interés por el diálogo entre las ciencias y las religiones. Su obra más conocida es La fe de un Físico. Siendo un prestigioso profesor universitario de Física de partículas, optó por dejar la cátedra, estudiar teología y ordenarse sacerdote en la iglesia anglicana. Desde entonces, ha sido uno de los más eficaces dinamizadores del encuentro fe-ciencia. Como apunta el profesor Manuel García Doncel en la presentación de la edición española de La obra del amor. La creación como kénosis, “esta obra de 2001 constituye una grandiosa colaboración sobre el tema de actualidad “la creación como kénosis”. Este concepto ha surgido de su concepción cristológica, bíblicamente fundada en el himno prepaulino (Filipenses 2, 6-11), tradicionalmente aplicado a la encarnación, en el que se canta a Cristo que en su amor redentor, siendo de condición divina, “se despojó de sí mismo” (en griego heautón ekénosen: literalmente, “se autovació”, “se autoanonadó”) tomando condición de esclavo y haciéndose obediente hasta la muerte. Para el profesor Javier Monserrat, Dios no ha “impuesto” su presencia ante la razón humana. Es decir, ha escogido en la creación la vía de su ocultamiento, del “vaciamiento” o “anonadamiento” de su presencia divina. La kénosis divina es, pues, epistemológica. En este concepto se fundamenta la nueva “teología de la ciencia”.

Los once capítulos del libro corresponden a otras tantas colaboraciones especialmente invitadas. Cinco de ellos han sido distinguidos con el Premio Templeton, por su activa participación en el diálogo entre la teología y las ciencias, y especialmente por sus reflexiones sobre la acción divina en el mundo (Ian G. Barbour [en 1999], Arthur Peacocke [en 2001], Holmes Rolston III [en 2003], George Ellis [en 2004] y el mismo John Polkinghorne [en 2002]). A ellos se añaden, entre otros, tres de los creadores históricos de esa tercera concepción de la kénosis, el propio Jürgen Moltmann y su colaborador teológico en Tubinga, Michael Welter, y Paul S. Fiddes, que tras acudir allí como visitante redactó su defensa del “sufrimiento creativo de Dios”.


Las raíces de la Teología kenótica


Las raíces de una elaboración teológica de la kénosis se nutren de las concepciones trinitarias de Urs von Balthasar (1905-1988). Para von Balthasar, la kénosis del “dejar espacio al otro” es la condición básica de todo amor, y en especial del eterno amor interpersonal divino. Desde otra perspectiva, a partir de la obra sobre El Dios Crucificado (Jürgen Moltmann, 1972), se elaboró otra concepción de la kénosis del Creador Trinitario que, por amor a los seres personales creados, decide tolerar el pecado y admitir ciertas limitaciones en su omnipotencia, en su eternidad (haciéndose también temporal), y aun quizá en su omnisciencia y en su modo de actuar sobre la creación. Este último concepto de kénosis, que es el central de la obra, supone un cambio drástico en la idea misma de Dios, que admita su sufrimiento y, por tanto, su mutabilidad.


El poder divino: un enfoque procesual (Ian G. Barbour)


El profesor Ian G. Barbour desarrolla el concepto teológico de autolimitación de Dios como kénosis. Para este prestigioso físico y teólogo, apoyándose en la teología del proceso sugiere que la crítica a la omnipotencia divina ofrece una forma característica de tratar cinco temas muy importantes de la teología kenótica: la integridad de la naturaleza; el problema del mal y del sufrimiento; la realidad de la libertad humana; la interpretación cristiana de la cruz; y las críticas feministas de las imágenes patriarcales de Dios. En suma: el pensamiento procesual abre un camino entre la omnipotencia y la impotencia, reelaborando el concepto del poder divino como potenciación habilitadora más que como control dominador.


Arthur Peacocke: el coste de la nueva vida


El bioquímico y teólogo Arthur Peacocke (1924-2006), afirma que “admitir que Dios, en el acto de la creación, pueda concebirse como autosacrificándose y autolimitándose, como exponiendo de algún modo la divinidad misma al sufrimiento y haciéndose por tanto vulnerable a la historia del orden creado, no se puede justificar sin hacer referencia al carácter evolutivo del proceso real de la creación”. Esta sugerencia se refuerza, e incluso se manifiesta como revelada – o sea, comunicada por Dios – si Dios se ha expresado verdaderamente a sí mismo en Jesucristo. Pues mientras éste vivió en la tierra fue muy vulnerable a los poderes que se agitaban a su alrededor, bajo los cuales acabó sucumbiendo con terrible sufrimiento y, desde su punto de vista humano, en el abandono de una muerte trágica.

Creer que Jesucristo –concluye- es la autoexpresión de Dios en los límites de una naturaleza humana concuerda del todo con aquellas concepciones, previamente derivadas por tanteos de la reflexión sobre el ser y el devenir naturales, que afirman que Dios, al ejercer la creatividad divina, se autolimita, es vulnerable, se autovacía y es donador de sí mismo (…) Es esta acción y expresión del Amor, creemos, la que finalmente vence al mal en la humanidad.


Kénosis, naturaleza y persona humana


Para Holmes Rolston III, la ciencia y la religión deben reconciliarse con la naturaleza. Rolston defiende que la religión debe “naturalizarse” en el sentido de que debe volver a la experiencia “sacral” de la naturaleza. Toda experiencia religiosa es para Rolston una experiencia numinosa de la naturaleza. Esta experiencia puede explicar el origen prehistórico de la religión y, por tanto, es la forma que lo religioso ha ido tomando en nuestros genes (y que está en línea con los resultados empíricos actuales sobre la existencia del hoy llamado “cerebro místico”).

“Se debe llegar a una religión naturalizada, - escribe- no tanto en el sentido de explicarla naturalísticamente, cuanto en el de explicar el encuentro numinoso con una naturaleza manifiesta. La biología genera religión: el fenómeno de la vida evoca una respuesta religiosa, entre o no en cuestión una presencia funcional de la sociedad humana …”. Y añade: “La naturaleza es el primer misterio que se encuentra; la sociedad viene después, mucho después, según lo que sabemos por la historia evolutiva” (Genes, Genesis and God University Press, 1999, 292). Como seres humanos con mente (mind) estamos aquí y necesitamos por ello el recuento unificado de la historia de la Tierra que nos ha llevado hasta aquí.

“El mundo secular aspira a dirigir la naturaleza –concluye en su capítulo de La obra del amor – a reducirla a recursos humanos, y planifica una tecnología y una industria con las que lograr tal fin en nuestro siglo XXI y nuestro tercer milenio. Pero, con tamaña aspiración, lo único que los humanos hacen es intensificar sus herederos apetitos de autorrealizarse, tentados hoy a autoengrandecerse en proporciones jamás posibles antes (….) La oportunidad actual del cristianismo consiste en limitar ese desproporcionado engrandecimiento humano y velar por el bien de los cinco millones de otras especies de seres vivos que también habitan la Tierra. Tal kénosis es una exigencia cristiana para nuestro tercer milenio”.

Por su parte, Malcolm Jeeves, profesor de psicología y neurólogo, parte de la afirmación de Moltmann de que un aspecto clave de la kénosis, el de darse uno a sí mismo, es “la naturaleza trinitaria de Dios, y por tanto, la marca de todas sus obras”. Hoy día, aspectos de la conducta de autodonación y autosacrificio están siendo muy estudiados y debatidos por los biólogos, los psicólogos y los neurólogos evolucionistas”. Concluye que hemos de ver la kénosis como una clave para comprender un aspecto de la naturaleza profunda de la creación, contemplando la emergencia de la kénosis en el mundo biológico del que nosotros, creaturas de Dios, formamos parte. Hemos de recordar que seguimos creyendo que Cristo era más que humano “por las señales que a lo largo de los siglos han sido aducidas como prueba de que en Él se combinaron la divinidad y la humanidad”.


Creación kenótica: unificación de vida y cosmología


El núcleo central de La obra del amor lo constituyen los capítulos de John Polkinghorne y George Ellis. Para el primero, toda dicotomía entre creación y redención comporta riesgos teológicos, que aumentan cuando se la fuerza a una correlación con diferentes atributos divinos. “El acto de crear, - escribe- de dar existencia a un mundo y mantenerlo en su ser, es a todas luces un acto de gran poder, al que no son comparables los exiguos poderes de las creaturas. En el discurso teológico, sólo Dios puede dar la respuesta a la famosa pregunta: ¿Por qué hay algo más bien que nada?”

Polkinghorne desarrolla sus ideas considerando que es necesario apelar al amor divino para entender lo que es la creación: ésta existe porque Dios le da una vida y un valor extrínsecos. Pero la necesidad de hacer justicia a la vez al amor divino kenótico y al poder divino providencial forma parte claramente de una tensión teológica. La insistencia en el amor divino se percibe tras la figura, trazada por la teología del proceso, de un Dios que, en conmovedora frase de A. N. Whitehead, es “el compañero de sufrimientos que comprende” y que sólo actúa mediante el poder de la persuasión. Pero, ¿podría ser el Dios de Whitehead el Dios Único que resucitó a Jesús?

“Una gran parte del creativo pensamiento teológico de la segunda mitad del siglo XX –escribe Polkinghorne – se ha ocupado de reexaminar estas cuestiones (…) El reconocimiento científico del carácter evolutivo del universo ha animado a los teólogos a reconocer la presencia de Dios inmanente en la creación y la necesidad de complementar el concepto de creatio ex nihilo con un concepto de creatio continua. Así, el de la creación continua ha sido un tema importante en los escritos de los científicos-teólogos. Y sus implicaciones teológicas son muchas e importantes”.

Y finaliza: “A ningún autor serio que escriba sobre la acción divina se le pasará por alto la desmedida arrogancia que supone mostrarse como interlocutor y confidente del Creador en sus actos de creación. Toda teología es, en un sentido obvio, “teología humilde”, pues confesamos nuestra limitación e ignorancia ante el Misterio divino. Jamás podremos coger al Infinito entre las mallas de nuestra red racional. Sin embargo, creo que sabemos lo bastante para decir que Dios es verdaderamente amoroso, y que cuida no sólo de la creación en general, sino de todas y cada una de las criaturas en particular (…) La teología kenótica es inevitablemente teología paradójica, puesto que se basa en el concepto de la humildad de Dios”.

Para Ellis, el universo está diseñado para la ambigüedad. El mal físico es una consecuencia de este mundo autónomo que se hace a sí mismo evolutivamente. El mal moral de la acción humana tampoco debía ser restringido en un diseño providente para la libertad incondicionada del ser humano. El Dios oculto no está absolutamente oculto, ya que el universo está diseñado con un equilibrio entre ocultamiento y manifestación que hacen posible a los humanos acceder a Dios. El diseño del universo es, pues, kenótico: Dios ha renunciado a imponer su presencia para la libertad humana. Dios –escribe Ellis – ha elegido un amor incondicional y un camino sacrificial.

Dios ha sacrificado, ha anonadado, ha vaciado de contenido (kénosis) la imposición de su presencia en el mundo. Es la kénosis de Dios en la creación, en entera consonancia con la kénosis del Verbo (lógos) en Cristo, de que nos habla San Pablo en el himno de la carta a los de Filipos. Para Ellis, “la revelación kenótica dada por Cristo muestra la acción creativa de Dios en el mundo”.

La voluntad kenótica de Cristo, que manifiesta la kénosis fundamental del Dios creador, está manifiesta en la escena de las tentaciones en el desierto, en toda la vida de Cristo y en su muerte y resurrección. Situando su pensamiento en una constante línea de convergencias que a lo largo del siglo XX apuntan a entender la teología de la kénosis como una pieza esencial del pensamiento cristiano.

Pero un aspecto esencial para George Ellis es la traducción ética de este enfoque cosmológico-teológico de la kénosis. Así como, a través de la creación y el misterio de Cristo, Dios ha aceptado la kénosis de sí mismo a favor de la humanidad, así igualmente el comportamiento del cristiano debe ser entendido como una kénosis libre que acepta a Dios y se entrega en plenitud a los demás hombres en una solidaridad sacrificial que es un estado religioso que va más allá del puro altruismo.

La moral cristiana se funda así en una kénosis a la inversa por amor. Estos principios han sido aplicados por Ellis en su propia vida de compromiso político por los derechos humanos en Sudáfrica, como se refleja en sus publicaciones sobre esta temática, que le llevaron incluso a la persecución en la época del apartheid.


El amor kenótico como holografía de la realidad


En sucesivos capítulos de La obra del amor, se añaden tres de los creadores históricos de la concepción de kénosis como limitación de Dios: el propio Jürgen Moltmann, su colaborador teológico en Tubinga, Michael Welker, y Paul S. Fiddes que ahonda en el “sufrimiento creativo de Dios”. El cuadro se completa con el filósofo de la naturaleza Keith Ward y la representante de la teología femenina, Sarah Coakley. El canónigo W. H. Vanstone, que completaba el número de doce colaboradores, falleció durante la preparación de esta obra, por lo que le ha sido dedicada, y cada uno de los capítulos recoge un pensamiento de su librito clásico sobre el tema, Esfuerzo del amor, costo del amor (1977).

Leandro Sequeiros es Catedrático de Paleontología y Colaborador de la Cátedra CTR

Fuente: © Tendencias 21

Otros artículos de esta sección


Los milagros persisten en el mundo moderno
El Universo de Stephen Hawking sería compatible con el teísmo
Ciencia y religión deben aunarse para superar los desafíos actuales
¿Es Dios un matemático?
Descubren la relación entre la religiosidad y el apoyo social a los ataques suicidas
Recuperada la discusión Russell-Copleston sobre la existencia de Dios
La discusión Russell-Copleston sobre la existencia de Dios está superada
La religiosidad de los pacientes condiciona el tratamiento del cáncer
La teoría del multiverso genera debate entre pensadores científicos y religiosos
Inicio
Portada

La discusión Russell-Copleston sobre la existencia de Dios está superada


El ámbito de reflexión ciencia-religión ha cambiado porque tenemos nuevos conocimientos


La clásica discusión Russell-Copleston de 1948 suscitó enorme interés en su tiempo, pero en la actualidad puede saber algo a rancia. El ámbito de reflexión ciencia-religión ha cambiado, tenemos nuevos conocimientos y autores importantes han aportado sus ideas. No obstante tiene innegable interés valorarla y discutirla desde la actualidad porque permite recordar dónde estaba el razonamiento clásico de la escolástica en aquel entonces y por dónde van hoy las directrices más modernas del diálogo ciencia-religión. Por Javier Monserrat.

La precepción de la ciencia ha cambiado considerablemente desde 1948. Foto: NOAALa lectura de la discusión Russell-Copleston es útil porque puede servirnos para entender cómo se formulaba la argumentación sobre la existencia de Dios desde un punto de vista escolástico clásico. Este es, en efecto, el punto de vista de Copleston. En 1948 en los centros de enseñanza católicos predominaban las escuelas de filosofía escolástica y en ellos se defendía la tesis de que Dios podía ser conocido por la razón natural con un grado de certeza que solía calificarse (esta era la llamada “censura” de las tesis) como “absoluta” o “metafísica”.

La exposición de Copleston representa una formulación en esquema perfectamente lógica de los argumentos metafísicos que, según la doctrina escolástica clásica, suponían la columna vertebral de la “demostración” de la existencia de Dios (así se llamaba sin ambajes en aquellos años). La reacción de Russell ante los argumentos de Copleston es a la defensiva, manteniendo a toda costa su posición agnóstica (no ateísta).

Russell en realidad no pretende conocer cómo es la realidad metafísicamente (es agnóstico), pero argumenta que los argumentos de Copleston no están bien construidos y que, por tanto, no imponen racionalmente la existencia de Dios y que, en consecuencia, su posición agnóstica es defendible. ¿Qué podemos hoy pensar de ambas argumentaciones?

Es evidente que la valoración de la discusión depende de cada “valorador”. No pretendemos aquí presentar, ni mucho menos, la valoración que “nuestro tiempo” hace de la discusión Russell-Copleston. Sólo hay valoraciones de personas concretas. Muchos filósofos que se mueven todavía a gusto en el marco de la escolástica tradicional y, en consecuencia, tenderán a pensar todavía hoy que los argumentos de Copleston son incontrovertibles. Pensarán que Russell fue acorralado por los argumentos de Copleston y que se batió puramente a la defensiva, dejándose llevar en todo momento por el hilo de la conversación impuesto por Copleston.

Nuestro punto de vista es matizado. Creemos que los argumentos escolásticos que en aquel tiempo se esgrimían sin complejos necesitan hoy muchos matices que deberemos argumentar. Por otra parte, las formulaciones de Russell, aunque le mantienen a flote, no alcanzan una especial brillantez. Por tanto, exponemos sólo nuestra valoración personal de la discusión Russell-Copleston. Pero lo hacemos desde el convencimiento de que cuanto debemos decir está apoyado por las tendencias modernas del diálogo entre la ciencia y la religión.

La discusión Russell-Copleston es muy extensa y trata dos temas diferenciados: el argumento metafísico de la contingencia y el de la experiencia religiosa. En este artículo nos ceñimos sólo al primer argumento. Será también interesante que, en otro artículo, estudiemos la discusión del segundo argumento. Pero, en lo que sigue, nos limitamos al argumento metafísico.


Discusión del argumento metafísico de la contingencia


Copleston comienza proponiendo un acuerdo sobre el tema a debatir:

COPLESTON: Como vamos a discutir aquí la existencia de Dios, quizás sería conveniente llegar a un acuerdo provisional en cuanto a lo que entendemos por el término «Dios». Presumo que entendemos un ser personal supremo, distinto del mundo y creador del mundo. ¿Está de acuerdo, al menos provisionalmente, en aceptar esta declaración como significado de la palabra «Dios»? RUSSELL: Sí, acepto esa definición. COPLESTON: Bien, mi posición es la posición afirmativa de que tal ser existe realmente y que Su existencia puede ser probada filosóficamente. Quizás podría decirme si su posición es la del agnosticismo o el ateísmo. Quiero decir, ¿cree que puede probarse la no existencia de Dios? RUSSELL: No, yo no digo eso: mi posición es agnóstica.

Cuando Copleston afirma que la “existencia de Dios” puede “ser probada filosóficamente” quiere decir que la filosofía llega a una certeza absoluta o metafísica (en el sentido de la “censura” de las tesis escolásticas de entonces). Por tanto, si la razón humana natural funciona correctamente infiere la existencia de Dios como una necesidad metafísica para la explicación del mundo que observamos con nuestra experiencia.

Pero veamos cómo expone Copleston el argumento metafísico. COPLESTON: … ¿Quiere que haga una breve exposición sobre el argumento metafísico, y luego pasemos a discutirlo? RUSSELL: Ése me parece un buen plan. COPLESTON: Bien, para aclarar, dividiré el argumento en distintas fases. En primer lugar, diría, sabemos que hay, al menos, ciertos seres en el mundo que no contienen en sí mismos la razón de su existencia. Por ejemplo, yo dependo de mis padres, y ahora del aire, del alimento, etc. Segundo, el mundo es simplemente la totalidad o el conjunto real o imaginado de objetos individuales, ninguno de los cuales contiene sólo en sí mismo la razón de su existencia. No hay ningún mundo distinto de los objetos que lo forman, así como la raza humana no es algo aparte de sus miembros. Por lo tanto, diría pues que existen objetos y acontecimientos, y como ningún objeto de experiencia contiene dentro de sí mismo la razón de su existencia, esta razón, la totalidad de los objetos, tiene que tener una razón fuera de sí misma. Esa razón tiene que ser un ser existente. Bien, ese ser es la razón de su propia existencia o no lo es. Si lo es, enhorabuena. Si no lo es, tenemos que seguir adelante. Pero si procedemos en este sentido hasta el infinito, entonces no hay explicación de la existencia. Así, diría, con el fin de explicar la existencia, tenemos que llegar a un ser que contiene en sí mismo la razón de su existencia, es decir que no puede no existir.

Más adelante matiza esta presentación del argumento:

COPLESTON: Tomemos la proposición «Si hay un ser contingente, entonces hay un ser necesario». Considero que esa proposición, hipotéticamente expresada, es una proposición necesaria. Si va a llamar proposición analítica a toda proposición necesaria, entonces, para evitar una discusión sobre terminología, convendré en llamarla analítica, aunque no la considero una proposición tautológica. Pero la proposición es sólo una proposición necesaria en el supuesto de que exista un ser contingente. El que exista realmente un ser contingente tiene que ser descubierto por experiencia, y la proposición de que existe un ser contingente no es ciertamente una proposición analítica, aunque, como usted sabe, yo una vez sostuve que, si hay un ser contingente, necesariamente hay un ser necesario.

A instancias de las preguntas de Russell, matiza Copleston su concepto de “razón suficiente”: Dios no es la causa de sí mismo (esta no sería una manera apropiada de hablar), sino que su naturaleza tiene la razón suficiente de su existencia porque es el que existe “necesariamente”; esto es, al que compete por naturaleza la necesidad de existir (no puede no-existir).

COPLESTON: Sí, ciertamente, si alguien viera a Dios, vería que Dios tiene que existir.

… …
COPLESTON: Sí, yo añadiría que no conocemos la esencia a priori. Sólo a posteriori, a través de nuestra experiencia del mundo, llegamos a un conocimiento de la existencia de ese ser. Y entonces, uno se dice, la esencia y la existencia tienen que ser idénticas. Porque si la esencia de Dios y la existencia de Dios no son idénticas, entonces habría que buscar más allá de Dios alguna razón suficiente de esta existencia. RUSSELL: Luego, todo gira en torno a la cuestión de la razón suficiente y tengo que declarar que no me ha definido aún la «razón suficiente» de un modo que yo pueda comprenderla. ¿Qué entiende por razón suficiente? ¿No quiere decir causal? COPLESTON: No necesariamente. La causa es una especie de razón suficiente. Sólo un ser contingente puede tener una causa. Dios es Su propia razón suficiente; y Él no es la causa de Sí. Por razón suficiente, en sentido absoluto, entiendo una explicación adecuada de la existencia de algún ser particular.

El argumento, por tanto, queda planteado a partir de la experiencia. No hay conocimiento apriori. La razón humana constata por experiencia la existencia de los seres contingentes (que no tienen en sí la razón de su existencia, esto es, que no vemos que deban existir por necesidad). Un paso importante en las consideraciones de Copleston es que el “mundo como conjunto” es también contingente porque no es otra cosa que un agregado de “seres contingentes”. Como veremos, un factor esencial de la argumentación es el paso del ser contingente concreto al Todo, o universo en su conjunto. Los seres concretos son contingentes: por tanto el universo debe ser también contingente. Estas ideas las formula en un párrafo iluminador para entender la forma en que Copleston relaciona el ser contingente individual y la naturaleza del Todo. COPLESTON: Bien, mi criterio es que lo que denominamos mundo es intrínsecamente ininteligible, aparte de la existencia de Dios. Verá, yo no creo que el carácter infinito de una serie de acontecimientos -me refiero a una serie horizontal, por así decirlo-, si ese carácter infinito pudiera ser probado, tenga alguna relevancia. Si usted suma chocolates, obtendrá chocolates y no una oveja. Si suma chocolates hasta el infinito, es presumible que obtendrá un número infinito de chocolates. Así, si suma seres contingentes hasta el infinito, seguirá obteniendo seres contingentes, no un ser necesario. Una serie infinita de seres contingentes será, de acuerdo con mi modo de pensar, igualmente incapaz de ser su causa, como un solo ser contingente. Sin embargo, usted dice, según creo, que no se puede plantear la cuestión de lo que explicaría la existencia de cualquier objeto particular, ¿no es así?

Continúa

Otros artículos de esta sección


Los milagros persisten en el mundo moderno
El Universo de Stephen Hawking sería compatible con el teísmo
Ciencia y religión deben aunarse para superar los desafíos actuales
¿Es Dios un matemático?
Descubren la relación entre la religiosidad y el apoyo social a los ataques suicidas
La Creación como kénosis, nueva perspectiva teológica
Recuperada la discusión Russell-Copleston sobre la existencia de Dios
La religiosidad de los pacientes condiciona el tratamiento del cáncer
La teoría del multiverso genera debate entre pensadores científicos y religiosos
Inicio