Avistamientos por astronautas


Avistamientos por astronautas
¿Han tenido los astronautas experiencias de encuentros cercanos durante sus viajes al espacio? Las fotografías secretas de la NASA parecen contestar la pregunta.

En 1985, el astronauta Gordon Cooper, uno de los primeros que orbitaron la Luna, compareció ante un grupo de asesores de la ONU presidido por el entonces secretario general Kurt Waldheim, e hizo una alarmante advertencia: "Creo que... vehículos extraterrestres y sus tripulaciones nos están visitando desde otros planetas, y que están técnicamente un poco mas avanzados que nosotros. Considero que necesitamos un programa de alto nivel para recoger y analizar la información referente a cualquier tipo de encuentro y para determinar la mejor manera de relacionarnos amistosamente con estos visitantes.

Los argumentos de Cooper para esta declaración eran que había estado en la periferia de las grandes regiones por las que "ellos" se mueven. Además, en 1951, durante dos días tuve ocasión de observar muchos objetos de diferentes tamaños que volaban en formación... a una altura mucho mayor de la que podíamos alcanzar".

Por tanto, uno de los más grandes pioneros de Estados Unidos, un hombre que había detentado el récord de vuelo más largo en el espacio, 34 horas, admitía, ante varios de los hombres más poderosos del mundo, que había tenido encuentros con aparatos extraterrestres. Pero,¿pueden ser ciertas estas alegaciones?


Una historia de avistamientos


Desde la creación de la NASA en 1958, varios de sus pilotos y astronautas han testificado que habían visto ingenios volantes de origen desconocido. El primero en anunciar un avistamiento fue Joseph Walker, piloto del avión de pruebas X-15. Según una charla dada en mayo de 1962m, en los meses anteriores Walker tuvo un encuentro aéreo con dos objetos en forma de disco, lo cuál filmó. En julio del mimo año, otro piloto del X-15, el mayor Robert White, informó haberse encontrado formando parte de una escuadrilla de ovnis mientras volaba a unos 9.800 m de altura.

La NASA rehusó apoyar a sus pilotos y las fotografías y películas que contenían anomalías nunca se publicaron. La línea oficial establecía que los ovnis habían sido identificados como hielos. Pero, aunque la NASA negó tener interés en los ovnis, pronto se demostró que esto era falso.

Durante 1965, el US Federal Bureau of Investigation (FBI) supo de una fuente confidencial que un informador de la NASA estaba "filtrando" encubiertamente información sobre ovnis. Los receptores eran dos personas de Pittburg que, según el FBI, tenían un interés personal en los ovnis y estaban de acuerdo con un empleado de la NASA. En un expediente del FBI, de fecha 2 de septiembre de 1965, se dice: "La fuente cree que la información puede ser clasificada. Por ejemplo, la fuente dijo que [censurado] había visto una filmación en la que se veía un misil separándose de un ovni que aparecía en la pantalla. Antes del vuelo del Gemini 4, [censurado] dijo que veía algo interesante, porque la nave espacial tenía a bordo dispositivos para detectar ovnis...".


Pruebas de un encubrimiento


La documentación del FBI sobre este caso pone de manifiesto dos puntos importantes: la referencia de una filmación en la que se muestra un ovni en vuelo, confirma que la NASA está en posesión de datos sobre los ovnis que oculta al público. En segundo lugar, la mención de la misión Gemini 4. Uno de sus pilotos, James McDivitt, confirmó que, durante la misión, vio con seguridad una forma de objeto no identificado.

Aunque McDivitt no cree que el objeto fuese anómalo, no se adhiere a la teoría del escéptico James Oberg, según la cual el objeto era simplemente la segunda etapa del cohete Titán que lanzó el Gemini 4. Como el investigador afirma en su libro de 1996, Beyond Top Secret, "si éste fue el caso, el único enigma que queda es el aparente fallo de McDivitt en reconocer su propio cohete".


Los misterios de la luna


Después de las misiones Gemini, la carrera espacial se aceleró con el programa Apolo. Tras la promesa del presidente Kennedy de situar un hombre en la Luna, creció el interés por los misterios del espacio y, en particular, por la nueva frontera del hombre: la Luna. Así, cuando los astronautas del Apolo 11 dieron sus primeros pasos sobre la superficie de la Luna el 20 de julio de 1969, incluso el más recalcitrante de los escépticos debió considerar la posibilidad de que la presencia de vida fuera de la Tierra era ya una realidad.

A pesar de las declaraciones de que los astronautas no habían visto nada anormal, circularon rumores de que, durante su estancia en la Luna, la tripulación nunca estuvo sola.

A continuación se incluye una conversación clasificada entre la tripulación del Apolo 11 y el control de la misión:

Apolo 11: ¿ Qué diablos era? Es lo que quiero saber. Estas cosas eran gigantescos, señor. ¿ ¡Dios mío, usted no lo creería!

NASA: ¿Qué... ?¿Qué diablos pasa?

Apolo 11: Están aquí, bajo la superficie.

NASA: ¿ Qué hay ahí? Control de misión llamando a Apolo 11.

Apolo 11: Estamos aquí, los tres. Pero hemos encontrado visitantes... Por las instalaciones, parece que han estado aquí desde hace mucho tiempo... Digo que ahí fuera hay aparatos espaciales. Están alineados en filas al otro lado del cráter...

Sin embargo, las pruebas de este encuentro en la Luna son muy débiles. Otto Binder, ex empleado de la NASA, dijo que esta conversación fue escuchada casualmente por unos radioaficionados que pueden captar un "canal reservado" para estos mensajes. Sin embargo, Neil Armstrong, el primer hombre que pisó la Luna, informó al investigador Timothy Good que no se registró, ni se encontró, ni se vio ningún objeto durante la misión Apolo 11, ni en ningún otro vuelo Apolo que no fuese natural. La única corroboración de esta historia se obtuvo de Maurice Chatelain, experto en comunicaciones de la NASA. En una entrevista efectuada en 1979, Chatelian confirmó que un retardo de tiempo en la transmisión del diálogo entre el centro de control y el Apolo 11 permitió a la NASA censurar la información referente a los visitantes.


Falta de pruebas


Sin embargo no hay manera de comprobar si en la misión Apolo 11 se produjo este incidente. Muchos investigadores dudan de las afirmaciones de Binder y Chatelian, y la NASA niega que hubiese censurado transmisiones. No obstante, un caso similar referente al Discóvery no sólo originó el Watergate cósmico en 1990, sino que también dio un giro a las declaraciones de encuentros extraterrestres de astronautas.

Alrededor de las 6:30 del 14 de marzo de 1990, Donald Ratsh, un radioaficionado de Baltimore, Maryland, estaba siguiendo las transmisiones del Transbordador Discovery cuando oyó la siguiente comunicación: "Houston, aquí Discovery, tenemos un problema. Tenemos un incendio". Poco después dice Ratsh, se oyó una transmisión adicional: Houston, aquí Discovery. Todavía tenemos la nave espacial bajo observación. Esta revelación animó a numerosas personas, entre ellas Bob Oeschler, ex especialista en misiones de la NASA, a hacer sus propias averiguaciones. Después de un intenso período de investigación. Oeschler llegó a la conclusión de que el mensaje no fue transmitido desde el transbordador. En cambio, aventuró que la señal pudo proceder de una zona alrededor de Fort Meade, Maryland, la sede de la Agencia de Seguridad Nacional de EEUU, que está involucrada desde hace tiempo en la investigación de informes de ovnis. Oeschler sólo pudo llegar a la conclusión de que la transmisión fue un fraude orquestado institucionalmente para algún sutil propósito de inteligencia.

Sin embargo, una fuente de la NASA informó a Oeschler que, coincidiendo en el tiempo, el transbordador estuvo involucrado en un incidente con un ovni. Oeschler informa que el encuentro duró ocho horas y produjo problemas en los sistemas eléctricos del Discovery. Ni que decir tiene que las preguntas no han recibido respuesta y que el caso todavía está bajo investigación.

También parece que los ufólogos no estarán satisfechos hasta que la NASA admita oficialmente que sus astronautas han tenido encuentros. Pero la agencia espacial ha mantenido un silencio absoluto sobre el tema de los ovnis en treinta años, por lo que es probable que no se produzca en breve un anuncio como ese.

Fuente: Lo inexplicable.com

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¿Podemos ir a Marte?


La radiación del espacio entre la Tierra y Marte supone un peligro para los astronautas


Febrero 17, 2004: La NASA tiene un misterio que resolver: ¿Podemos mandar personas a Marte, o no?

'Orillas Distantes'. Trabajo artístico para la NASA de Pat Rawlings/SAIC
"Orillas Distantes". Trabajo artístico para la NASA de Pat Rawlings/SAIC.
“Es un problema de radiación”, dice Frank Cucinotta del Proyecto de la NASA: Salud y Radiación Espacial, con base en el Centro Espacial Johnson. “Conocemos la cantidad de radiación que hay ahí afuera, esperándonos entre la Tierra y Marte, pero no estamos seguros del modo en que reaccionará el cuerpo humano frente a ella”.

Los astronautas de la NASA han estado en el espacio, ocasionalmente, desde hace 45 años. Salvo durante un par de rápidos viajes a la luna, nunca han permanecido lejos de la Tierra por un largo período de tiempo. El espacio profundo está repleto de protones originados por las llamaradas solares, rayos gamma que provienen de los agujeros negros recién nacidos y rayos cósmicos procedentes de explosiones estelares. Un largo viaje hasta Marte, sin grandes planetas en las cercanías que actúen como escudos reflectores de esa radiación, va a ser una nueva aventura.

La NASA mide el peligro de la radiación en unidades de riesgo cancerígeno. Un norteamericano saludable de 40 años, no fumador, tiene una probabilidad (enorme) del 20% de morir eventualmente a causa del cáncer. Eso si permanece en la Tierra. Si viajase a Marte, el riesgo aumentaría.

La pregunta es ¿cuánto?

“No estamos seguros”, dice Cuccinotta. Según un estudio del año 2001 sobre gente expuesta a grandes dosis de radiación -- p.e. los supervivientes a la bomba atómica de Hiroshima, e irónicamente, los pacientes de cáncer que se han sometido a radioterapia -- el riesgo inherente a una misión tripulada a Marte que durase 1000 días, caería entre un 1% y un 19%. “La respuesta más probable es un 3,4%”, dice Cucinotta, “pero el margen de error es muy amplio”.

Lo curioso es que es aún peor para las mujeres, añade. “Debido a los senos y ovarios, el riesgo en astronautas femeninas es prácticamente el doble que el de sus compañeros varones”.

Los investigadores que realizaron el estudio asumieron que la nave a Marte se construiría “principalmente de aluminio, como la vieja cápsula del Apolo”, dice Cucinotta. La “piel” de la nave espacial absorbería casi la mitad de la radiación que impactase contra ella.

“Si el porcentaje del riesgo adicional es mínimo, todo estará bien. Podríamos construir una nave espacial usando aluminio y dirigirnos a Marte”. (El aluminio es el material favorito en la construcción de naves debido a su ligereza y fortaleza, y a la larga experiencia que, desde hace décadas, tienen los ingenieros con su manejo en la industria aeroespacial).

“Pero si fuese del 19%… nuestro astronauta de 40 y algo de años se enfrentaría a un riesgo de fallecer por cáncer del 20% + 19% = 39% después de su regreso a la Tierra. Eso no es aceptable”.

El margen de error es amplio, dice Cucinotta, por buenas razones. La radiación del espacio es una mezcla única de rayos gamma, protones altamente energéticos y rayos cósmicos. Las ráfagas de explosiones atómicas y los tratamientos contra el cáncer, que es en lo que se basan muchos estudios, no son un sustituto confiable para la radiación “real”.

Concepto artístico del ADN bombardeado por rayos cósmicos galácticos. Crédito: OBPR
Concepto artístico del ADN bombardeado por rayos cósmicos galácticos. Crédito: OBPR
La mayor amenaza para los astronautas en ruta a Marte son los rayos cósmicos galácticos -- o “RCGs” en abreviatura. Estos rayos se componen de partículas aceleradas a casi la velocidad de la luz, provenientes de las explosiones de supernovas lejanas. Los RCGs más peligrosos son los núcleos pesados ionizados, tales como los Fe+26. “Son mucho más energéticos (millones de MeV) que los típicos protones acelerados por las llamaradas solares (decenas a cientos de MeV)", apunta Cucinotta. Un oleada de RCGs atravesaría la coraza de la nave y la piel de los humanos como diminutas balas de cañón, rompiendo las hebras de las moléculas de ADN, dañando los genes y matando las células.

Muy pocas veces los astronautas se han visto expuestos a una dosis completa de estos RCGs del espacio profundo. Consideremos la Estación Espacial Internacional (EEI): que orbita a solo 400 km. sobre la superficie de la Tierra. El cuerpo de nuestro planeta, aparentemente grande, solamente intercepta un tercio de los RCGs antes de que alcancen a la estación. Otro tercio es desviado por la magnetosfera terrestre. Los astronautas del Transbordador Espacial se benefician de reducciones similares.

Los astronautas del proyecto Apolo que viajaron a la luna absorbieron dosis mayores -- cerca de 3 veces la de la EEI -- pero sólo durante unos pocos días durante su travesía de la Tierra a la luna. Los RCGs pudieron haber dañado sus ojos, apunta Cucinotta. En su camino a la luna, las tripulaciones del Apolo informaron haber visto destellos de rayos cósmicos en sus retinas, y ahora, muchos años más tarde, algunos de ellos han desarrollado cataratas. Por otro lado no parecen haber sufrido demasiado. “Estar unos pocos días ahí afuera es probablemente seguro”, concluye Cucinotta.

Las cápsulas del proyecto Apolo estaban suficientemente bien protegidas para sus rápidos trayectos de ida y vuelta a la luna.
Las cápsulas del proyecto Apolo estaban suficientemente bien protegidas para sus rápidos trayectos de ida y vuelta a la luna.
Pero los astronautas que viajen a Marte estarán “ahí afuera” durante un año o más. “No podemos estimar aún, con fiabilidad, lo que los rayos cósmicos nos harán cuando nos veamos expuestos a ellos durante tanto tiempo”, comenta.

Averiguarlo es la misión del nuevo Laboratorio de Radiación Espacial de la NASA (NSRL), con sede en las instalaciones del Laboratorio Nacional Brookhaven, localizado en Nueva York y dependiente del Departamento de Energía de los EE.UU, que fue inaugurado en Octubre del 2003. “En el NSRL tenemos aceleradores de partículas que pueden simular los rayos cósmicos”, explica Cucinotta. Los investigadores exponen células y tejidos de mamíferos a haces de partículas, y luego inspeccionan los daños. “El objetivo es reducir la incertidumbre en las estimaciones de riesgo a solo un pequeño porcentaje para el año 2015”.

Una vez que conozcamos el riesgo, la NASA puede decidir qué clase de nave espacial ha de construirse. Es posible que los materiales de construcción ordinarios, como el aluminio, no sean los más apropiados. De ser así, “ya hemos identificado algunas alternativas”, añade.


¿Podríamos fabricar una nave de plástico?


Bloques de polietileno reforzado – ¿serán los ladrillos de una futura nave espacial?
Bloques de polietileno reforzado – ¿serán los ladrillos de una futura nave espacial?
“Los plásticos son ricos en hidrógeno -- un elemento que hace un gran trabajo como absorbente de rayos cósmicos”, explica Cucinotta. Por ejemplo, el polietileno, el mismo material con el que se hacen las bolsas de basura, absorbe un 20% más de rayos cósmicos que el aluminio. Cierta forma de polietileno reforzado, desarrollado por el Centro Marshall para Vuelos Espaciales, es 10 veces más fuerte que el aluminio, y también más ligero. Este podría convertirse en el material elegido para la construcción de la nave espacial, si podemos fabricarlo en forma económica. “Incluso si no construyésemos la totalidad de la nave con plástico”, añade Cucinotta, “aún podríamos usarlo como escudo aislante en áreas clave como los habitáculos de la tripulación”. En realidad, esto ya se ha hecho a bordo de la EEI.

Si el plástico no fuese lo bastante seguro, entonces podría requerirse la presencia de hidrógeno puro. Litro a litro, el hidrógeno líquido bloquea los rayos cósmicos 2,5 veces mejor que el aluminio. Algunos diseños avanzados de naves espaciales necesitan grandes tanques de hidrógeno líquido como combustible, de modo que “podríamos proteger a la tripulación de la radiación envolviendo los habitáculos con los tanques de combustible”, especula Cucinotta.

¿Podemos enviar gente a Marte? Cucinotta cree que sí. Pero antes, “debemos resolver la cuestión del nivel de radiación que puede soportar nuestro cuerpo, y qué clase de nave espacial necesitamos construir”. En los laboratorios de todo el país, el trabajo acaba de empezar.

Fuente: Ciencia.nasa.gov

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Envasado al vacío


Todos recordamos la película de Paul Verhoeven Total recall en la que, en determinado momento, tanto Schwarzenegger como la chica quedaban expuestos a la tenue atmósfera marciana y el cuasivacío allí imperante los hacía ver como "hinchados", se les salían los ojos y, en fin, terminaban pareciendo inflados como el Hombre Michelin.

La pregunta, entonces, es: ¿es exacta la descripción de la película? ¿Nos cuentan la historia correcta los miles y miles de ejemplos de exposición al vacío que leímos y seguimos leyendo en la ciencia ficción? ¿Qué le pasa, en realidad, a un astronauta cuando se le rompe el traje espacial?

Bueno, depende. Tamarack R. Czarnik, médica residente en Medicina Aeroespacial y especialista en medicina hipobárica, relata este increíble caso: el astronauta Gregory Bennett estaba trabajando en el espacio durante una de las misiones de los transbordadores espaciales. De repente, una de las trabas metálicas que ajustan los guantes del traje espacial se abrió y, aunque el astronauta la cerró de inmediato, una de las piezas perforó el traje espacial en el guante de la otra mano entre el pulgar y el índice. No fue un agujero grande, tan solo tenía 3 mm., y ni el propio astronauta lo notó. Recién cuando volvió a la nave y se quitó el traje descubrió una herida dolorosa en la palma de la mano: la traba le había perforado no solo el traje sino también la piel. Lo que ocurrió fue lo siguiente: la descompresión del guante "chupó" los labios de la herida y los selló contra la abertura del traje, y Gregory estuvo sangrando hacia el espacio todo el rato hasta que regresó al vehículo. No pasó nada.

Edward White, primer hombre en efectuar una caminata espacial
—como piloto de la Géminis 4— y también primer hombre...
¡en perder un guante en pleno espacio!
Edward White, primer hombre en efectuar una caminata espacial —como piloto de la Géminis 4— y también primer hombre... ¡en perder un guante en pleno espacio! Un año y medio después, moriría incinerado con sus compañeros Chaffee y Grissom en el incendio de la Apolo 1. Su guante iba a durar más que él: aún está en órbita estable y tiene el honor de ser el primer trozo de "basura espacial" de que se tiene memoria
Pero, igualmente, una descompresión repentina no es un chiste. Aunque no, la mayoría de las representaciones literarias y cinematográficas no se ajustan a la realidad científica. Veamos.

Desde que comenzó la carrera espacial, se han expuesto cierto número de organismos terrestres a los efectos del vacío, tanto involuntariamente como —nos avergüenza decirlo así— en forma experimental. La suma de estas experiencias deseadas o no, más nuestros conocimientos físicos y médicos, nos permiten tener una idea más bien clara de lo que le sucederá a un hombre si se lo expone al vacío total del espacio.

El asunto comenzó en los 60s, cuando la tecnología nos acercaba a hacer realidad los vuelos espaciales tripulados. Entonces, los ingenieros se vieron obligados a desarrollar proyectos que les permitieran determinar el tiempo que un ser humano sería capaz de sobrevivir (el tiempo que tendrían para reaccionar) si se le rompía el traje espacial, si un meteorito le perforaba el casco de la nave o percances similares.

Así, construyeron unas cosas llamadas "cámaras de gran altidtud", para reproducir las condiciones en un ambiente tal: bajísima presión, temperaturas bajo cero, alta tasa de radiación y demás. Hecho esto, sometieron a varios grupos de suicidas, er, voluntarios y también a algunos animales. Sí, la NASA tiró gatitos y perritos al espacio para ver cómo se morían. Por supuesto, los experimentos con animales concluían con sus muertes, lo que se trataba de evitar con los voluntarios humanos. Bueno, no nos olvidemos que la pobre Laika se frió en la reentrada a la atmósfera, por más monumentos que le hagan los rusos.

Pero incluso antes de la era espacial, ya hubo un hombre que tuvo problemas con la descompresión: se trata de Joseph Kittinger, aviador militar norteamericano condecorado, que detenta aún hoy el record mundial de altitud en paracaídas. Saltó tres veces desde globos e, increíblemente, en dos de ellas sufrió descompresiones accidentales por fallas en el traje.

En su primer salto (noviembre de 1959), un problema en una junta le descomprimió el traje mientras caía desde 23.287 metros de altura. Kittinger se desmayó instantáneamente, pero la velocidad de la caída libre le salvó la vida: lo devolvió a una altura segura y el paracaídas automático se abrió en forma normal. El cuerpo exangüe de Joe comenzó a girar mientras caía libre, hasta llegar a 120 revoluciones por minuto. Se ha calculado que esta velocidad de rotación aplicó sobre sus extremidades más de 22 gravedades (22 G).

Joe Kittinger junto a la barquilla de su globo
Joe Kittinger junto a la barquilla de su globo. Bajo la puerta hay un cartel que dice "Este es el escalón más alto del mundo"
Su segundo salto no tuvo consecuencias, pero el tercero, en el que anotó su marca mundial (16 de agosto de 1960) sí. En esa oportunidad, Kittinger saltó desde 31.330 m, algo que nadie más se atrevió a hacer, pero una nueva falla en una junta le descomprimió el guante derecho. La mano comenzó a doler enormemente y se le quedó paralítica, pero se recuperó apenas el militar saltó y la caída lo llevó a una altura segura. Como dato anecdótico, cabe señalar que Joe no sólo batió ese día el récord mundial de salto en paracaídas, sino también los de caída libre más larga, mayor altitud de ascenso en globo y mayor velocidad alcanzada por un hombre sin vehículo a través de la atmósfera (1.149 km/h).

Como sea, los datos de esos experimentos tan peligrosos y crueles permitieron a los expertos enterarse de cómo las bajas presiones y temperaturas afectaban a los seres humanos y de cómo el cuerpo respondía a esta brutal agresión. Completaron sus estudios y se quedaron con la duda de si la realidad les confirmaría sus teorías, hasta que una serie de desagradables accidentes —cuándo no— vino a demostrarles que, en efecto, tenían razón.

En 1965, un técnico estaba probando un traje espacial nuevo en una cámara hipobárica. Lo triste fue que el traje no aguantó la descompresión, sometiendo al hombre al vacío durante 40 segundos. Tras ese tiempo se desmayó. Apenas se recomprimió la cámara, el sufrido sujeto recuperó el sentido y salió del trance sin mayores consecuencias. Lo único que recuerda es la saliva hirviendo sobre su lengua.

Kittinger saliendo del globo en su tercer salto
Kittinger saliendo del globo en su tercer salto
En un incidente posterior (1982), otro hombre fue introducido en una cámara defectuosa, que lo sometió a cuatro minutos de vacío. La víctima quedó inconsciente y se puso completamente azul, y sólo sobrevivió porque uno de los que estaba afuera tuvo la presencia de ánimo suficiente como para romper una de las ventanas y permitir que el aire penetrara en el recinto. Lo sacaron con los labios congelados, vomitando sangre por los pulmones rotos y sangrando profusamente por ambos tímpanos. Se le diagnosticó barotrauma grado IV y se lo trató, primero, volviendo a comprimirlo en una atmósfera de nitrox (oxígeno y nitrógeno a partes iguales) y luego dándole Decadrón. A las 24 horas recuperó la conciencia y estaba lúcido; al 5º día se le sacó la intubación, y al año mostraba respuestas neurológicas normales o superiores. Tuvo suerte.

A los tripulantes de la Soyuz 11 no les fue tan bien. Regresaban a la Tierra luego de un acople con la estación espacial Salyut 1 tras haber pasado tres semanas en ella, convirtiendo la misión en la primera visita tripulada exitosa a la también primera estación espacial. Pero el resto de la misión no resultó exitosa. Al desacoplarse, doce tornillos explosivos debían explotar secuencialmente, separando a la nave de la estación. Sin embargo, por una falla, estallaron todos a la vez y rompieron una válvula esférica del sistema de ecualización de presiones de la Soyuz, que se abrió de golpe y dejó escapar todo el aire de la cápsula. Uno de los tres tripulantes, Viktor Patsayev, comprendió en seguida la causa del problema: se desabrochó el cinturón de seguridad y se aproximó a la válvula para tratar de obstruirla con algo o de cerrarla mediante el sistema manual de emergencia.

Lamentablemente, era imposible que lo lograra. La Soyuz perdió todo el aire y quedó a 0 atmósferas en menos de 30 segundos, siendo que Viktor hubiese necesitado más de un minuto para cerrar la válvula con la manivela. Estaban a 168.000 metros de altura. Irónicamente, el vehículo continuó su descenso normalmente y aterrizó en forma correcta. Cuando el equipo de rescate abrió la escotilla encontró el cuerpo de Viktor junto a la válvula y los cadáveres de sus dos compañeros —Georgi Dobrovolski y Vladislav Volkov— aún atados a sus asientos, con pacíficas expresiones en sus rostros que los hacían parecer dormidos.

El heroico Viktor Patsayev
El heroico Viktor Patsayev
Algunos de los daños provocados por la súbita exposición al vacío del espacio ocurren de inmediato; otros tardan más tiempo. En el primer caso encontramos básicamente la expansión de los gases en el interior del cuerpo. Al faltar presión externa, los gases de los pulmones e intestino se dilatarán. Si esta dilatación es muy grande, el hombre morirá por el puro y simple estallido de sus pulmones. Si por algún milagro sobreviviera a esto, la ruptura de los alvéolos inyectará burbujas de aire en las arterias, llevando esos globitos al cerebro y matándolo de todos modos. Aunque parezca increíble, un buen remedio para evitar este horrible fin es vaciar completamente los pulmones de aire en el momento en que nos damos cuenta de que la cabina se ha descomprimido. En algunos casos, un grito de horror ha salvado la vida de un astronauta en peligro, al dejar sin aire a sus pulmones.

Otro de los peligros de la descrompresión recibe el nombre de "ebullismo": a presión cero, el agua se evapora espontáneamente en segundos, es decir, hierve aunque se encuentre a muchos grados bajo cero. Si uno lo piensa bien, la perspectiva es horrible: las lágrimas de la superficie del ojo comenzarán a hervir, así como la humedad de las fosas nasales, la saliva dentro de la boca, el sudor sobre la piel, etc. Al mismo tiempo, el agua de los músculos y el resto de los tejidos internos hervirá igualmente (no está exenta de las leyes de la física), y el cuerpo alcanzará, debido al vapor generado, un volumen más de dos veces mayor al normal.

¿Suficiente martirio? De ningún modo. Algunos segundos después, la falta de presión hará que el nitrógeno disuelto en nuestra sangre vuelva a su estado gaseoso, una dolorosísima circunstancia conocida por los buzos con el nombre de "enfermedad descompresiva". Para completar el espantoso cuadro, las burbujas irán al cerebro para formar trombos, provocando anoxia cerebral, embolia y hemorragias intracraneales.

Emblema de la trágica misión Soyuz 11
Emblema de la trágica misión Soyuz 11
Mientras a usted le pasan todas estas cosas tan lindas, la radiación ultravioleta le quemará la piel en cuestión de segundos, de modo tan grave como si hubiese estado expuesto al sol del mediodía en el verano caribeño... varias horas y sin protección.

La buena noticia es que el cuerpo no pierde el calor hacia el espacio si no tiene aire a su alrededor que lo absorba: usted se morirá de cualquiera —o de todas— las horribles cosas apuntadas, pero no tiene por qué temerle a la hipotermia.

Bueno, esto es espantoso, pero... ¿cuánto tiempo se puede sobrevivir en estas condiciones? Hoy sabemos que un hombre expuesto al vacío mantiene la conciencia durante diez segundos completos, tiempo suficiente para intentar hacer algo para salvarse. No diremos que estará cómodo, pero al menos estará vivo y dueño de sí como para tratar de salir de esa desgraciada situación. Pero luego de esos diez segundos (que se conocen como "tiempo de conciencia útil"), comienza a aparecer la anoxia o asfixia cerebral. Sin presión de aire, el mecanismo de intercambio gaseoso de los pulmones funciona en sentido contrario, sacando el oxígeno de la sangre y echándolo por la boca y la nariz, acelerando la hipoxia del sistema nervioso central. Pasados los diez segundos de gracia, la persona se queda ciega y comienza a perder la conciencia, mientras los fluídos hierven y la boca y la nariz se le congelan. Algunos segundos después el cuerpo se pone azul ("cianosis") y comienzan las convulsiones y el coma. De ahí a la muerte —es fácil imaginarlo— solo falta un ligero empujón.

Si a uno le pasa todo esto, aún sería posible salvarlo siempre y cuando el corazón le siguiese latiendo. Si se le da oxígeno a presión de inmediato (y de inmediato quiere decir entre 60 y 90 segundos a contar desde el momento de la descompresión), es casi seguro que la persona saldrá del trance con solamente lesiones menores, aunque la ceguera inducida por la hipoxia puede llegar a durarle muchos días.

Después de los 90 segundos, la sangre comenzará a hervir y el corazón se detendrá... para siempre.

Salvo el técnico del episodio ya relatado, que sobrevivió luego de 4 minutos de vacío, ninguna otra persona en el mundo quedó con vida tras superar el ominoso límite del minuto y medio.

Pero vemos que la realidad, aunque sombría, es sorprendente. Cualquier lego diría que la supervivencia en el espacio sin traje espacial es cuestión de segundos: eso no es así. Se mide en minutos, y todo gracias a la Madre Evolución, que nos dio un cuerpo lo suficientemente resistente como para sobrevivir... un ratito.
fuente: http://axxon.com.ar/