Las Pirámides de Egipto y el Cinturón de Orión


El Egipto secreto

Pirámides de GizaContemplar la Gran Pirámide corta el aliento a cualquiera. Aunque señalan su edificación en el 2500 a .C., y que fue levantada por 100.000 hombres en 20 años de arduo trabajo (información basada en una opinión recogida por el historiador griego Herodoto), este portento milenario fue alzado a sus 146 metros de altura empleando la “modesta” cifra de 2.500.000 bloques de piedra, y algunos, con más de dos toneladas y media de peso. ¿Por qué semejante esfuerzo? ¿Cuál era el propósito de erguir aquel gigantesco templo de piedra?

Antiguamente, la Gran Pirámide habría tenido un revestimiento de piedra calcárea blanca de Turah (y que fue quitado en la época de la dominación árabe para la construcción de Mezquitas), que le daba una iluminación extrema cuando la iluminaban los rayos del Sol. Sin duda, su imagen en el pasado debió haber inspirado a muchos hombres.

Según lo que recibimos en nuestra experiencia de contacto extraterrestre, las pirámides, en verdad, actúan como “estabilizadores planetarios”, puestos a funcionamiento a raíz del desequilibrio energético que significó la destrucción de Atlantis (mencionada por Platón, aunque una fantasía para los arqueólogos) por el impacto de dos fragmentos de Maldek, un planeta desaparecido, otrora ubicado en el actual cinturón de asteroides que se halla entre las órbitas de Marte y Júpiter. Este espantoso episodio invirtió los polos magnéticos de la Tierra e impuso por un tiempo una suerte de invierno nuclear.

Las pirámides de Egipto, catalogadas siempre de “Tumbas”, esconderían una función secreta que ningún arqueólogo ha sabido interpretar. En primer lugar, resulta sumamente inquietante comprobar que nunca se han encontrado restos humanos en los sarcófagos de las pirámides de Gizeh.

Ante todo esto, los arqueólogos salen al paso argumentando que los cuerpos de los faraones fueron sustraídos por cazadores de tesoros. Una presunción absurda. Ya cuando el califa Al-Mamun abrió el túnel que sirve hoy de ingreso a los turistas para visitar la Gran Pirámide, allá por el siglo IX antes de Cristo, al penetrar vehementemente en las galerías atribuidas posteriormente a Keops, comprobó con abnegada frustración que no había nada...

Sin embargo, no olvidemos que galerías secretas repletas de “información cósmica” han sido señaladas reiteradamente bajo la pata derecha de la Esfinge y en la propia Gran Pirámide. Ya en 1993, el ingeniero alemán Rudolf Gantenbrink puso a descubierto (gracias a su pequeño robot explorador “UPUAUT”) una cámara secreta en Keops.

Este tema fue desempolvado cuando el pasado 17 de septiembre del 2002, un nuevo robot se internó en la Gran Pirámide para desvelar qué había en esa misteriosa cámara, que se hallaba interrumpida por un bloque de piedra, a manera de puerta.

Ante el rostro atónito de 1.500 millones de televidentes en 140 países, el “Pyramid Rover” perforó la puerta de piedra, para introducir seguidamente una pequeñísima cámara de vídeo, que, penosamente, se encontró con otra puerta más... Pero ello no desanimará a los arqueólogos que están convencidos de estar a puertas del descubrimiento más importante del siglo.

Recientemente, Christopher Dunn, en Tecnologías del Antiguo Egipto, aportó suficientes pruebas para pensar que una de las cámaras conocidas era el núcleo central de energía de la Gran Pirámide: La Cámara del Rey.

Formada por un granito que contiene, sospechosamente, un 55% de cristal de silicio-cuarzo, esta cámara habría sido diseñada para que el granito vibre por simpatía con el sonido (¿mantrams?) sobrecargando el cuarzo en la roca (incluyendo el sarcófago) y haciendo fluir electrones mediante un fenómeno que se conoce científicamente como “efecto piezoeléctrico”.

La energía, a decir de Dunn, que llenaba la Cámara del Rey (ubicada convenientemente bajo la “cámara de descarga”) en ese punto se transformaba en una “combinación” de energía acústica y energía electromagnética. Todo ello permitía crear un “conducto de luz” o “guía de ondas” hacia algún lugar... ¿Este es el objetivo secreto de las pirámides? ¿Un “cañón estelar”? ¿Un conducto de luz?

Sea como fuere, resulta curioso observar que los egipcios llamaban a las pirámides “Ikhet”, que significa “Luz Gloriosa”. Para pensar un poco más, los mayas, denominaban “Pirhua Amenco” a sus pirámides, que se traduce como “Revelador de Luz”. En Sumer, sabemos que a los zigurats o pirámides escalonadas se les llamaba “Esh”, que significa “Fuente de Luz”. Quizá por ello la palabra pirámide (PIRA = “Fuego o Luz” MIDE = “Medida”) también significa “Medidor de energía o de luz”. No nos debe sorprender teniendo en cuenta el objetivo de construir las pirámides, o al menos, la Gran Pirámide.

Pero: ¿A dónde señalaría aquel supuesto conducto de luz que a decir de Dunn se puede formar al interior de la Gran Pirámide?


Los dioses antiguos

Se presume que la Civilización Egipcia se habría iniciado en el año 3.100 a. C., cuando el Alto y el Bajo Egipto fueron “unidos” por un personaje llamado Menes, o también “El Rey Escorpión”, constituyéndose así en el primer Faraón.

Al margen que los datos sean totalmente correctos, me llamó la atención la fecha de la fundación del Egipto dinástico, que es similar a la fecha en que se habría iniciado la Civilización Maya (año 3.113 a. C.). También me era curioso el nombre “Menes”, que me recordaba la denominación Estekna-Manés, por cuanto la palabra Manés, por lo que comprendí, al igual que el sánscrito “Manú” significaría “Mentor”, “Maestro” o “Arquetipo Humano”.

Menes es, sin discusión alguna para los historiadores, el “punto de partida” de las dinastías egipcias. Aquí hay que anotar que mucho (o más bien poco) de lo que saben los estudiosos sobre los gobernantes de Egipto se debe a Manetón (nombre que significa, curiosamente, “la Verdad de Thot”), un sacerdote egipcio de Heliópolis que habría vivido en el Siglo III a. C. Aquel sabio recopiló informaciones antiquísimas sobre los orígenes de Egipto que aun hoy en día son causa de controversia.

No disponemos del texto completo de Manetón, pero, al menos, contamos con fragmentos importantes de su obra en los escritos del cronista judío Flavio Josefo (año 340 a. C.) y de cronistas cristianos como El Africano (año 300 de nuestra era) y Eusebio (año 340 de nuestra era). Es sumamente desconcertante que los egiptólogos utilicen la obra de Manetón sólo para referirse al período histórico, y no a la prehistoria que el sacerdote egipcio citaba no como leyendas o mitología, sino como hechos reales que sucedieron en el país del Nilo hace miles de años. Por ejemplo, y yendo al grano, Eusebio cita la obra de Manetón mencionando una lista de nueve dioses que gobernaron Egipto; aquellos seres son esencialmente el panteón de deidades de Heliópolis, como Ra, Osiris, Seth, Isis, Horus, entre otros.

“...Estos fueron los primeros que gobernaron Egipto. A partir de ahí, el cetro del poder pasó de uno a otro en una sucesión ininterrumpida... a lo largo de 13.900 años... Después de los dioses reinaron los semidioses durante 1.255 años; y de nuevo se instauró otro linaje de reyes, quienes gobernaron durante 1.790 años; y otros diez reyes, que gobernaron durante 350 años. A continuación gobernaron los espíritus de los muertos por 5.813 años...”

Todo esto habría sucedido antes que Menes uniera las dos tierras de Egipto. ¿Qué pensar de ello si Manetón dice la verdad? ¿Cómo interpretar el reinado de dioses, de semidioses-reyes, y finalmente el de los espíritus de los muertos?

Esta misteriosa época se conoció con el nombre de Zep Tepi (“El Tiempo Primero”) y aquella raza de seres estelares fue denominada Neteru, término que curiosamente significa: “Vigilantes”; posiblemente los “dioses” que alude Manetón...

Los “semidioses”, son llamados Shemsu-Hor, o “Hijos de Horus”, mencionados además, a todas luces, en el conocido Papiro de Turín. De cara a todo esto resulta muy intrigante recordar que los dioses de Egipto tenían una relación más que íntima con Sahu, el nombre egipcio que identifica la Constelación de Orión y, por ende, el enigma que mora allí. No hay que olvidar, que los Textos de las Pirámides son categóricos en sostener la importancia de Orión para la cultura egipcia, y la relación directa que existe con sus dioses.


El misterio de Orión

Este episodio “pre-dinástico” guarda un sospechoso parecido con las informaciones que hemos recibido en nuestra experiencia de contacto. Por ejemplo: en el primer peldaño, la existencia de seres extraterrestres deportados en la Tierra (los dioses); luego los atlantes o mestizos (los semidioses-reyes); y finalmente, seres de procedencia extraterrestre que quedaron atrapados en otro plano dimensional en nuestro mundo (los espíritus de los muertos), como si se tratasen de los mismos ángeles caídos que mencionan los textos sagrados.

Las pirámides de Egipto reproducen, por alguna razón, el Cinturón de Orión.
Las pirámides de Egipto reproducen por alguna razón el Cinturón de Orión.
Como fuere, y enfocándonos particularmente en las cifras que nos sugiere Manetón, si el lector sumó bien, verá que este tiempo prehistórico anterior a Menes duró nada más y nada menos que 24.925 años. Es comprensible la actitud reservada de los egiptólogos para rechazar una cifra tan apabullante como esta. Pero, insisto, ¿y si Manetón dijese la verdad…?

No debemos olvidar que son 25.920 años el ciclo de precesión de los equinoccios. Precisamente este movimiento pendular del planeta sobre su eje (que dividimos en 12 eras o Zodíaco) es el que muestra un aparente cambio de posición de las estrellas en los cielos. Por esta razón, actualmente, el Cinturón de Orión marca el ecuador celeste, siendo su estrella más septentrional, Mintaka, la única estrella del firmamento que puede ser vista en ambos polos del mundo, como si se tratase de una “señal”...

Un punto que debemos tener en cuenta, es el hallazgo de Robert Bauval (The Orion Mystery), un ingeniero belga aficionado a la astronomía que demolería los rígidos esquemas mentales de la arqueología moderna al demostrar que las tres pirámides de Gizeh son una reproducción “exacta” de las estrellas Al Nitak, Al Nilam y Mintaka del Cinturón de Orión (“Las tres Marías”), y lo más importante, que esta alineación sólo pudo llevarse a cabo hacia el año 10.500 antes de Cristo. Una fecha que podría calzar perfectamente con el hundimiento de la Atlántida y que obliga a replantearse la verdadera antigüedad de las pirámides, que se atribuyen siempre a la IV Dinastía (2.500 a. C).

Lo que más llamó mi atención, en todo caso, no era el pasado cósmico de Egipto y su probable relación con Orión; pensaba si sobre la base de todo este enigma podría existir un “futuro”, alguna clave que podría comprometer a la humanidad. Aquella señal que buscaba era la llamada “Clave del Retorno”, misterio que vibra en el secreto número 14.

Por ejemplo, en la mitología egipcia se narra cómo Osiris (Orión) fue traicionado por su hermano Seth, quien le encierra en un sarcófago y le arroja al Nilo. Pero el cuerpo del dios es rescatado por Isis (asociada con Sirio), su consorte estelar, quien copula con él para dar a luz más tarde a Horus. Seth, al enterarse de ello, lleno de ira encontró a Osiris y despedazó su cuerpo en “14 partes”, que serían arrojadas una vez más al río sagrado de los egipcios.

Isis recuperará del Nilo 13 de los restos del amado dios, mas nunca ubicará el trozo 14, que se trataba curiosamente del falo, símbolo de procreación; una alegoría por demás sugestiva a nuestra condición de “hijos de Orión”.

La connotación de Orión con un “retorno” está relacionada, pues, con la Clave 14. Para pensar un poco más, las estrellas visibles de la gran constelación de Orión desde nuestro planeta, son 14, así como fueron ciclos de 14 generaciones que transcurrieron para la llegada de Cristo:

“De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce; desde David hasta la deportación de Babilonia, catorce; y desde la deportación de Babilonia hasta Cristo, catorce...” La Biblia (San Mateo 1: 17).

Y he aquí el misterio.

El secreto está en el área celeste que los egipcios denominaban “Duat”, y que involucra el cinturón de la Constelación de Orión. Bajo nuestra visión (en el hemisferio norte), particularmente la tercera estrella del cinto imaginario: Mintaka.

Mintaka es, pues, la única estrella que puede ser vista desde el polo sur al polo norte, como si fuese una señal que todos los seres humanos debemos tener en cuenta. Como sugiere el escritor británico Adrian Gilbert en “Signs in the Sky”, esta podría ser la señal del “Hijo del Hombre” en el cielo, mencionada en la Biblia como una “clave” a tener en cuenta para el retorno de Cristo.

Y aunque esto pueda sonar extraño, lo cierto es que el cinturón de Orión, que se encuentra actualmente cerca del ecuador celeste, nunca lo cruzará, pues “retrocederá” hacia su posición más meridional. Es decir, después de 12,500 años encontraría ahora su punto de “retorno”.

¿Por qué Orión?

Fuente: legadocosmico.com

La Esfinge de Giza


La Esfinge
La Gran Esfinge de Giza es una monumental estatua que se encuentra en la ribera occidental del río Nilo, unos veinte kilómetros al sudoeste del centro de El Cairo. La mayoría de los egiptólogos estiman que la esfinge representa al rey Jafra (Kefrén) y que fue esculpida durante la dinastía IV de Egipto (c. siglo XXVI a. C.) Los lugareños la llamaban Abu el-Hol «Padre del Terror», corrupción de la expresión copta bel-hit, que se aplica a quien pone toda su inteligencia en los ojos y que traduce la denominación egipcia hu o ju que significa el guardián o vigilante.

Construcción

La Gran Esfinge se realizó tallando un montículo natural de roca caliza en la meseta de Giza. Tiene una altura de unos veinte metros, midiendo el rostro más de cinco metros. La cabeza podría representar al faraón Kefrén teniendo el cuerpo la forma de un león. En épocas antiguas estaba pintada en vivos colores: rojo el cuerpo y la cara, y el nemes que cubría la cabeza con rayas amarillas y azules. Sus dimensiones principales son: unos 72 metros de longitud, veinte de altura y catorce de anchura. Últimamente se debate que la esfinge pueda representar al faraón Keops

Culto

Se construyó un templo junto a la estatua, datado del Imperio Antiguo, y otro más al norte, frente a la esfinge, durante el Imperio Nuevo, como lugares de ofrendas a la "imagen viviente", que están comunicados con la pirámide de Kefrén mediante una larga avenida procesional. Gozó de veneración y culto por los egipcios desde la antigüedad, especialmente durante el Imperio Nuevo. El epíteto dado por los egipcios a las esfinges era shesep-anj "imagen viviente". Fue identificada con el dios extranjero Horum, y con el dios egipcio Horus como Hor-em-Ajet, o Harmajis, "Horus en el horizonte". En lengua árabe la denominaron Abu el-Hol "Padre del Terror".

Restauraciones

Se tiene constancia de restauraciones desde la dinastía XVIII, durante el Imperio Nuevo. La más conocida es quizá la promovida por Tutmosis IV, quien en el año 1425 a.C. mandó que se la desenterrara cuando la arena la cubría hasta el cuello. En el siglo XX se llevaron a cabo trabajos de restauración y consolidación del revestimiento desde el año 1925, con resultados poco satisfactorios por las técnicas y materiales empleados, con posteriores actuaciones en 1980 y 1992. En el siglo XXI prosigue la restauración de los desperfectos originados por la erosión. Debido a los ataques de los mamelucos, hoy en día la esfinge no posee nariz ni barbilla. Esta última se encuentra en el Museo Británico de Londres.

Según un antiguo documento árabe, las facciones de la esfinge eran nobles y armoniosas, lo cual ningún observador objetivo y versado en el arte egipcio pondrá en duda, a la vista de los vestigios todavía existentes. A pesar de todos los ultrajes del tiempo y de los hombres, la esfinge ha conservado su porte altivo y digno y sigue dirigiendo la mirada al infinito, indiferente a las pequeñeces que la rodean.

En las mejillas quedan aún trazas de la pintura pardo‑rojíza que las cubriera antaño. El gigantesco león, con el tocado de forma trapezoidal de los faraones, se levanta en medio de una vasta cantera al este de la pirámide de Kefrén, junto al sendero que une la hondonada de la esfinge al templo funerario de este rey, situado frente a la pirámide. Así, actualmente, desde la orilla del foso puede verse desde las patas hasta la cabeza.

En el transcurso de su trabajo, los canteros tropezaron sin duda con una masa de piedra calcárea gris amarilla más blanda que el resto, y cuya mediocre calidad de resistencia la hacía impropia a la transformación en síllares. Se supone que esta planta llamaría la atención de Kefrén y de sus arquitectos y les inspiraría la idea de construir con ella una esfinge monumental. Que la tradición esté en lo cierto o no, el caso es que entra en lo posible y esta empresa encaja perfectamente con el impulso creador titánico e ingenuo a la vez de aquel pueblo que no había llegado todavía a la madurez. Por otra parte, cabe tener en cuenta que son más bien endebles los indicios sobre los que se atribuye a este rey la erección de la esfinge. En efecto, una mención problemática a Kefrén, la cual se remonta a una época muy posterior, hacia el año 1400 a. J. C., que aparece inscrita entre las patas delanteras de la esfinge, sólo demuestra que entonces, bajo el reinado del faraón Tutmosis IV, aquel rey pasaba por ser su constructor. Por lo demás, en apoyo de esta suposición únicamente puede invocarse el emplazamiento de la esfinge en el cementerio real de la IV dinastía, un vago parecido con ciertas estatuas de Kefrén y la forma achatada de la serpiente frontal.

Una parte del pecho y de los miembros posteriores, así como la casi totalidad de las patas, son de piedra de sillería. Sigue siendo objeto de controversia cuándo tuvo lugar este remate. Tal vez sea contemporáneo de la cabeza, pero puede también haber sido obra de generaciones posteriores, de la Época Tardía, las cuales, como se sabe, estaban orgullosas de los monumentos del Imperio Antiguo y los habían adoptado corno propios.

También entra en lo posible que en la época de la hegemonía mundial egipcia, aquellas partes excoriadas por el tiempo fuesen completadas y restauradas de ese modo. Es cierto que son precisamente estas partes las primeras en recibir la capa protectora de arena con que el viento, soplando sin cesar, cubre rápidamente todos los monumentos del desierto. Por regla general, en las excavaciones realizadas durante la edad moderna en Egipto ha podido comprobarse que de la arena las esfinges emergen únicamente el torso y la cabeza, y otro tanto debió suceder en la antigüedad, ¿No puede significar este que toda la esfinge fuera terminada en tiempos menos remotos y que al iniciarse la magna obra se encontraran con que ya no bastaba el gran bloque de piedra primitivo para tallar en él el cuerpo entero?


Algunas cifras


La distancia entre el pavimento sobre el que descansan las patas delanteras del monstruo híbrido y la coronilla es de alrededor de 20 metros. La longitud total de las extremidades de las patas anteriores hasta la raíz de la cola, es 73,5 m. La oreja tiene 1,37 m de altura, según cálculos del gran egiptólogo y fundador del Museo Egipcio de Antigüedades Mariette. La nariz completa debía de medir 1,70 m de longitud. La anchura de la boca es 2,32 m y la cara en su parte más ancha mide 4,15 m. Sí nos colocarnos de pie en la parte superior del pabellón de la oreja, no alcanzarnos con la mano la cúspide del cráneo, a pesar de que éste, en comparación con la cara, es relativamente bajo y llano. Una cavidad, obstruida recientemente por medio de una placa de metal, que hay en la parte superior de la cabeza, dio lugar a una leyenda, según la cual desde aquel agujero hablaba el oráculo por boca de los sacerdotes. En realidad, puede haber servido para asegurar algún adorno monumental que no ostentaba la esfinge en un principio, sino que fue añadido seguramente por el Imperio Nuevo que gustaba de decorar y recargar suntuosamente sus estatuas.

Una obra tan colosal forzosamente debió de llamar la atención en todos los tiempos. A los faraones de la XVIII dinastía, aventurera y belicosa, les gustaba celebrar grandes paradas bajo la mirada de la gran esfinge en ocasión de emprender viajes, expediciones de caza por el desierto y campañas militares. Fue durante uno de estos desfiles que Amenofis II, el esforzado hijo del gran Tutmosis III se prometió a sí mismo erigir una estela en aquellos lugares, y realizó su propósito una vez coronado rey.

Las recientes excavaciones en los alrededores del foso de la esfinge la han puesto al descubierto, gracias a lo cual han aumentado considerablemente nuestros conocimientos sobre las aptitudes físicas y las prendas de todas clases del príncipe heredero, cuyo reinado había de ser bien breve. En la larga inscripción ‑ que hace las delicias de los egiptólogos ‑ se ensalza como guerrero, jinete, arquero, corredor y remero sin par al joven monarca que subió al trono a los 18 años.


Hipótesis


Algunos autores afirman que la gran esfinge no es obra de los egipcios, sino que procede de alguna otra civilización, mucho más antigua, de la que se ignora, naturalmente, todo. Dimítri Merejkovskí, el autor de novelas históricas famosas, escribe con ligereza sorprendente en su libro, por otros conceptos muy interesante, Los misterios de Oriente: "La esfinge es muy anterior a las pirámides y es la más antigua de todas las obras que ha producido la humanidad. En los rasgos de la esfinge aparece por primera vez la faz humana... " Muchos escritores, entre ellos Flaubert, le encuentra un tipo negroide. "Por otra parte, seguramente es de origen etíope, pues tiene los labios muy gruesos."

Otros han intuido en la expresión del monstruo pétreo algo terrible y cruel, incluso despiadado. La penetrante mirada procedía de un tirano altivo y bárbaro, dicen, influenciados sin duda por las fábulas con que los antiguos guías encandilaban a los visitantes griegos y romanos. Aquellos tiempos no podían valorar la razón de ser de semejantes monumentos, inútiles según todas las apariencias, más que como secuela ridícula y brutal del capricho de un déspota. Por otra parte, el racionalismo greco‑romano carecía de comprensión ante "aquella humanidad apenas salida de la infancia" y cada una de las piedras del desierto eran otros tantos pretextos para improvisar las más descabelladas y absurdas leyendas.

Las degradaciones sufridas por la cabeza del gigante puede que hayan contribuido a la diversidad de las interpretaciones que su expresión sugiere. Las peores mutilaciones las sufrió durante el período árabe. Hacía el año 1380 d. J. C. un jeque cobró triste fama de iconoclasta furioso ensañándose en ella. Los mamelucos ejercitaban la puntería tomando su cabeza por blanco, y fue seguramente abierta por una bala de cañón la ancha brecha que desfigura la parte superior izquierda del cráneo.


Restauraciones


Restauraciones de la EsfingeEn el siglo XX se llevaron a cabo trabajos de restauración y consolidación del revestimiento. Los resultados de una primera intervención en 1925 no fueron satisfactorios, por lo que debieron reiterarse en 1980 y 1992. Actualmente persiste el intento de restaurar las huellas dejadas por la erosión de la piedra caliza, que se descompone fácilmente con la humedad del ambiente.

Parte de las precauciones que se han tomado respecto de la esfinge incluye un vallado que impide el acercamiento. Sólo investigadores con un permiso especial y quienes trabajan en su restauración pueden llegar a ella. Sin embargo, la imponente figura con cuerpo de león conmueve con su magnificencia, y dejarse atrapar bajo su hechizo es una experiencia única.


La Esfinge se hunde


Las aguas subterráneas que recorren todo el suelo de la meseta egipcia de Giza, situada junto a El Cairo, hacen peligrar la estabilidad de la Esfinge. El testimonio de varios expertos reabre la polémica sobre su conservación.

Mide 70 m de largo y casi 20 de alto. Ha sido testigo de los acontecimientos más importantes vividos en Egipto desde hace al menos 4.500 años. Y desde hace poco tiempo sabemos que todo su poder se puede venir abajo como un azucarillo disuelto por el agua que empieza a manar del subsuelo de la Meseta de Giza.

Los ojos de la Esfinge han observado a todos los grandes faraones, a Alejandro Magno, a Cleopatra y a Napoleón, así como a infinidad de ilustres personajes de la Historia. El historiador griego Heródoto no la mencionó quizá por estar entonces (siglo V a.C.) cubierta en parte por la arena del desierto, pero su importancia como icono y lugar de peregrinaje es indudable. Los egipcios de hoy la llaman Abu el Hol (“el padre del terror”). Sin embargo, el mayor temor que despierta se relaciona con las condiciones de conservación en las que se encuentra. Bassam el Shammaa, a quien le gusta presentarse como conferenciante y guía egipcio, es una de las personas más sensibilizadas con el problema de la Esfinge.

En los últimos meses ha protagonizado una campaña mediática sin igual para atraer la atención de la comunidad internacional sobre el peligro que corre este monumento. La presencia de la aldea de Nazlat el Samman a apenas 100 m del coloso hace que las antiguas aguas subterráneas de la meseta estén creciendo a pasos agigantados. La hierba que crece frente a la Esfinge o los enormes charcos de agua, de hasta 30 cm de profundidad, detectados en el antiguo embarcadero que había frente a ella, son una buena prueba del peligro que corre.

Fuentes consultadas:

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