El alma designa el rasgo esencial de la vida


La historia natural del alma según la neuróloga Laura Bossi

El “alma” es un concepto que distingue lo vivo (lo animado) de lo inanimado. La neuróloga Laura Bossi recorre las tradiciones míticas, las tradiciones zoológicas, las implicaciones para el árbol de la evolución, el alma humana, las diferencias con los primates, la esencia de lo que podríamos llamar el “alma” y las reflexiones actuales a partir de la neurología y las teorías de la mente. Bossi describe las difíciles relaciones tanto en nuestro interior como en las sociedades humanas, entre nuestra “alma vital” y nuestra “alma pensante”, en el zoé y el bios, según la distinción aristotélica, entre nuestra vida desnuda de animal humano y esa vida “buena” y digna del ser consciente y libre que podemos llegar a ser, que tanto moralistas como juristas y teólogos han intentado imaginar y transmitirnos. Para la autora, repensar el “alma” supone, en el fondo radical, la defensa del ser humano. Por Leandro Sequeiros.

La Historia Natural del Alma
Edición original de la obra de Laura Bossi
En los albores del tercer milenio, el alma ha sido olvidada. Los poetas y los artistas, en una curiosa sustitución, ya sólo se interesan por su doble, el cuerpo, el soma, que antaño significó el cuerpo “inanimado”, sin vida, el cadáver (en inglés, corpse). Los filósofos parecen pensar que se trata de un tema que ya es historia, apenas útil para las antologías. En cuanto a los psicoanalistas, ya no se atreven ni siquiera a nombrar el objeto de sus estudios. Incluso los teólogos parecen hoy molestos ante esta palabra, tal vez por miedo a ser tomados por dualistas anticuados, o por simple fatiga ante siglos de controversia.

Así se inicia un interesante y provocador ensayo que nos llega traducido del italiano y cuya autora es la neuróloga milanesa Laura Bossi: Historia Natural del Alma. [A. Machado Libros, Madrid, 2008, Colección La Balsa de la Medusa, nº 164, 521 páginas].

Los teólogos hoy, en lugar de “alma”, prefieren el término “persona” (máscara de teatro, personaje), cuyo significado teológico, opuesto a la naturaleza y relacionado con las hipóstasis divinas, escapa al profano, más familiarizado con su significado jurídico, de origen estoico, de ciudadano responsable que desempeña un papel en la polis. El alma también está ausente de los escritos modernos y diccionarios de teología cristiana, según apuntaba Joseph Ratzinger en 1979, e incluso en la liturgia católica en torno a los muertos.


Eclipse del alma

Una desaparición tan singular –opina Bossi – apela a la reflexión. Una palabra tan antigua, ¿no se habrá “desgastado” a fuerza de significar demasiado? ¿Podemos relegarla definitivamente al desván de las ideas obsoletas? ¿Podemos proscribirla, en nombre de la razón, de la claridad de pensamiento, como proponía Paul Valéry: “Nunca hagáis uso de palabras que no utilizáis para pensar” Sin duda, el alma es algo difícil de captar. Es un concepto osado y vagamente monstruoso, pues reúne, como la Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, las tres preguntas fundamentales del ser humano: vida, muerte y conciencia.

La muerte (desaparición mágica, inaceptable caída en la nada, “creación al revés”), como el amor, siempre es joven. Su extrañeza se renueva a cada generación humana. ¿Cómo explicar la diferencia, sin embargo, evidente a los ojos de un niño, entre un ser humano y un cadáver, entre un perro muerto y un perro vivo?

En el otro extremo de la existencia, e igualmente extraña, hallamos la vida, que surge del mundo inanimado y se extiende mediante generación, nacimiento y desarrollo de nuevos seres. Extrañeza igualmente inquietante, la de los seres vivos en todas sus formas: extrañeza de la naturaleza. “Nacer” procede de naceré, igual que “naturaleza” que es vida, engendramiento (como en griego, Phycis), tanto potencia de engendramiento como lo que es engendrado. Los animales son los “animados”. Y en el origen de “vegetal” encontramos vegetus que no significa inerte, sino, al contrario, indica fuerza y crecimiento.

Extrañeza, en fin, de la conciencia, “lo que en cada uno de nosotros es uno mismo”, según Platón, pero que, ya lo sabemos, no es completamente ama y señora en su propia casa, pues mantiene relaciones complejas, a veces conflictivas, con un cuerpo que se desarrolla, engendra, envejece, enferma y acaba muriendo sin pedirle permiso, dotado de órganos que parecen contar con una voluntad autónoma.


El alma es la vida

Para Laura Bossi, el alma es la vida, lo que distingue lo vivo, lo “animado”, del mundo “inanimado” (que nunca ha estado vivo) o de los muertos, quienes tras haber vivido, han “rendido su alma”. Pero también es la conciencia, el pensamiento claro, la “mente” de la que cobramos conciencia mediante introspección, a diferencia de la vida oscura de los órganos. En fin, el alma es el ser humano, en lo que tiene de único, de individual, es lo que le aporta un sitio singular en el mundo de la naturaleza, y le hace por lo tanto esperar una vida después de la muerte.

Esto lleva a la autora a proponer una primera hipótesis: el alma es un concepto sorprendente y maravilloso que encarna de alguna manera las cuestiones primeras que cada uno se plantea o puede plantearse. Preguntas infantiles, no por ingenuas sino porque surgen en la infancia: ¿de dónde vengo? ¿por qué he de morir? ¿qué es lo que pasa en mi interior? ¿cuál es mi lugar en este mundo poblado de tantas criaturas incomprensibles?

¿El abandono del alma se debe acaso a un desinterés actual por estas viejas preguntas? Si observamos con un poco de atención, no es para nada el caso.


No está de moda hablar del alma, pero...

Ya no se habla del alma, pero numerosas especialidades médicas nuevas se disputan los “restos dispersos” de esta palabra que no se quiere nombrar. Los biólogos trabajan sobre la vida. Los seguidores de las neurociencias estudian la conciencia y sus relaciones con el cuerpo (el problema mente-cuerpo. Los médicos dedicados a la “reanimación” intentan definir el instante preciso del paso de la vida a la muerte. Los bioéticos se preguntan por el Estatuto de embrión. Los científicos se dedican a construir criaturas dotadas de actividades vitales o de inteligencia artificial. Los juristas intentan establecer normas sobre la persona y las espinosas cuestiones suscitadas por la manipulación genética, los trasplantes de órganos, la clonación y las técnicas de fecundación artificial.

En estos científicos encontramos las controversias, vivas y apasionadas, sobre la naturaleza del alma iniciadas por los griegos, entre materialistas y espiritualistas, monistas y dualistas, defensores de un “alma” mortal o inmortal, única o compuesta de diversas facultades, difusa o localizada en un lugar anatómico concreto. A este último aspecto las respuestas suelen coincidir en que el lugar del alma por excelencia sigue siendo, desde hace dos milenios, el cerebro, la ciudadela del pensamaiento. Plinio el Viejo ya definía el cerebro como el “pináculo”, la “sede del gobierno del espíritu”, el “regulador del entendimiento”, la “ciudadela de los sentidos”.

¿Acaso –continúa Bossi– los científicos han sustituido a los filósofos y a los teólogos? ¿Acaso los datos científicos se han apoderado de las cuestiones filosóficas, y las “leyes de la naturaleza” han arrebatado su lugar a la potentia Dei ordinata?


Otra hipótesis seductora

En medio del relativismo de creencias propio de las sociedades democráticas y “pluriculturales”, frente a la abdicación de los filósofos y la confusión que viven las iglesias y las religiones, parece que los científicos son los únicos que mantienen esa ambición, que parece pasada de moda, de la búsqueda sin término de la verdad. Verdad siempre provisional (no es casualidad que los científicos contemporáneos ya no se hagan llamar “sabios” sino “investigadores”), pero verdad, al fin y al cabo. Por lo que es normal que el “ciudadano de a pie” se dirija a ellos en busca de opiniones esclarecedoras sobre el alma y las grandes cuestiones.

Sin embargo, hay que reconocer que los científicos, limitados por la visión reduccionista de sus disciplinas, experimentan dificultades para hallar instrumentos conceptuales capaces de “pensar” lo animado y lo inanimado.

Los biólogos (“los que estudian los seres vivos”, desde Lamarck, inventor en 1801 del nombre y de la cosa) intentan comprender la vida sin la vida, a riesgo de perder la especificidad de su saber. La fisiología (en su origen, “estudio de la naturaleza” –physis – y, desde Bichat y Cuvier, estudio de los fenómenos de los seres vivos), marginada desde hace décadas en beneficio de la biología molecular, se limita a menudo a un acercamiento mecanicista.

Neurólogos y psiquiatras escrutan el cerebro (ese “peligroso órgano”) mediante técnicas de visualización cerebral, con la esperanza de captar la imagen del pensamiento, de la memoria, de las emociones e incluso de la experiencia mística. Así como en el pasado se pretendía leer los rasgos del alma en el espejo del rostro, en los relieves del cráneo o en las líneas del encefalograma.

La psicología (en su origen, ciencia de la aparición de espíritus, y después estudio científico de los fenómenos del espíritu y del pensamiento en el ser humano y en ciertos animales) sucumbe a la fascinación de las ciencias cognitivas y del funcionalismo, teoría que pretende interpretar las propiedades del alma “pensante” mediante la metáfora del ordenador: el cerebro sería un hardware especializado y el alma pensante (mind), un software. Según esta réplica moderna del hombre-máquina de La Mettrie, los fenómenos mentales serían de naturaleza “computacional” y estarían basados en “instrucciones” (instruccionismo). Nos hemos quedado en el clásico debate del siglo XVIII sobre el reloj y el relojero. Aunque ahora es el ser humano quien se cree el Gran Relojero.

Para la doctora Laura Bossi, resultan más interesantes y provocadores los planteamientos del Premio Nobel, Gerald Edelman (ver video), sin duda el más “fáustico” de los constructos modernos de autómatas “animados”. Tras desarrollar una teoría del desarrollo cerebral basada en los principios darwinistas de la evolución y de la selección natural, este científico estadounidense trabaja desde hace algunos años en la puesta a punto de robots capaces de aprender, y sus famosos prototipos han sido bautizados Darwin I, Darwin II, Darwin III, Darwin IV y Darwin V.


Una nueva interpretación del dualismo

Pero sin duda es entre los dualistas y los espiritualistas declarados donde podemos encontrar las teorías más sorprendentes.

Así, el neurofisiólogo John Carew Eccles, también Premio Nobel, ha elaborado una teoría “atomista” que no deja de recordarnos a los átomos del alma de Lucrecio, “en pareja alternancia” a los átomos corporales. En otro tiempo, una teoría así hubiera sido considerada endeble por los filósofos y herética por los teólogos tomistas. Hoy en día, el entonces Cardenal Ratzinger, prefecto entonces de la Congregación de la fe de la Iglesia católica, cita ampliamente estas tesis en su libro La mort et l´au-delà de 1979.

Otros, como Roger Pienrose, apelan a una visión bastante personal de la física cuántica para explicar la conciencia. David Chalmers, por su parte, plantea la existencia de propiedades físicas de la materia aún no conocidas.

Todo esto tampoco es nada nuevo, después de todo. Ciencias y pseudociencias siempre han estado mezcladas, y tal vez algún día el funcionalismo considerado como la frenología de nuestros días. Sin embargo, hay que reconocer que, en la práctica, la ausencia de una conceptualización del alma conlleva confusiones peligrosas.


Consecuencias del eclipse del alma

Entre las consecuencias del eclipse del alma –según Bossi – la más sorprendente tal vez sea la incapacidad para “pensar” al animal.

Animal viene de anima, lo que sin embargo no resulta tan evidente. Desde siempre el animal, lo “animado”, plantea problemas: debido a su irreductible alteridad, que nos cuestiona sobre la racionalidad de un mundo poblado de tal variedad y multiplicidad de criaturas extrañas, pero tal vez aún más debido a su innegable y embarazoso parentesco con la humanidad. El largo historial de controversias en torno al alma de los animales lo demuestra: al ser humano le cuesta encontrar una clasificación, definir su lugar con respecto a estos molestos compañeros de ruta, extraños y familiares, que son los animales.

Divinizados en la Antigüedad, demonizados en la Edad Media cristiana, dotados de una alma inmortal según los defensores de la metempsicosis, privados de inmortalidad individual según Santo Tomás, clasificados siguiendo una escala lineal y gradual en la sorprendente concepción de la scala naturae, relegados al rango de autómatas por los cartesianos, estudiados, descritos y clasificados en “especies” por los naturalistas, por fin reconocidos como parientes cercanos nuestros por la teoría darwinista y por la genética moderna, pero al mismo tiempo explotados como “productos de consumo” para la industria alimentaria, en ocasiones “destruidos” o quemados como si fueran “stock” caducados o excedentes de patatas o trigo, los animales han cambiado de estatus continuamente, siendo sucesivamente aceptados en la comunidad de los seres vivos, o al contrario, expulsados más allá de la frontera de lo inanimado.

Pero el antropocentrismo cristiano y el cartesianismo nunca alcanzaron las cotas de incomprensión de lo viviente de la que hace gala la “antropología” contemporánea, que llega a negar la vida más allá de la existencia humana.


Historia Natural del alma

Sin embargo, el “alma” es un concepto que distingue lo vivo (lo animado) de lo inanimado. A lo largo de 8 densos y documentados capítulos, la autora recorre las tradiciones míticas, las tradiciones zoológicas, las implicaciones para el árbol de la evolución, el alma humana, las diferencias con los primates, la esencia de lo que podríamos llamar el “alma” y las reflexiones actuales a partir de la neurología y las teorías de la mente.

La autora, Laura Bossi, termina el capítulo introductorio con estas palabras: “Y tal vez podríamos también esperar de esta reflexión un mejor conocimiento de nuestras contradicciones que nos suscite de nuevo preguntas sobre nuestro lugar entre los demás seres “animados”, sobre las difíciles relaciones tanto en nuestro interior como en las sociedades humanas, entre nuestra “alma vital” y nuestra “alma pensante”, en el zoé y el bios, según la distinción aristotélica, entre nuestra vida desnuda de animal humano y esa vida “buena” y digna del ser consciente y libre que podemos llegar a ser, que tanto moralistas como juristas y teólogos han intentado imaginar y transmitirnos.

En conclusión: para la autora, repensar el “alma” supone, en el fondo radical, la defensa del ser humano.

Leandro Sequeiros es Catedrático de Paleontología y Profesor de Filosofía en la Facultad de Teología de Granada

Fuente: Tendencias21

Tanatología


Tanatología es la disciplina que estudia el fenómeno de la muerte en los seres humanos y está enfocada a establecer entre el enfermo, en tránsito de muerte, su familia y el personal médico que lo atiende, un lazo de confianza, esperanza y buenos cuidados que ayuden a morir con dignidad.

Los objetivos de la tanatología se centran en la calidad de vida del enfermo, deben evitar tanto la prolongación innecesaria de la vida como su acortamiento deliberado. Es decir, deben de propiciar una "muerte adecuada", que se puede definir como aquella en la que hay:
  1. Ausencia de sufrimiento.
  2. Persistencia de las relaciones significativas del enfermo.
  3. Intervalo permisible y aceptable para el dolor.
  4. Alivio de los conflictos.
  5. Ejercicio de opciones y oportunidades factibles para el enfermo.
  6. Creencia del enfermo en la oportunidad.
  7. Consumación, en la medida de lo posible, de los deseos predominantes y de los instintivos del enfermo.
  8. Comprensión del enfermo de las limitaciones físicas que sufre.
Todo lo anterior, será dentro del marco del ideal del ego del paciente. De esta manera, se llega a la conclusión de que el deber de la tanatología como rama de la medicina, consiste en facilitar toda la gama de cuidados paliativos terminales y ayudar a la familia del enfermo, a sobrellevar y elaborar el duelo producido por la muerte.

También, es obvio, se encarga como rama de la Medicina Forense, de estudiar y determinar las causas de la muerte. Sus mecanismos, su data de producción, etcétera. La fisiopatología en suma de la muerte. Es la parte de la medicina forense que se ocupa del individuo muerto.

Existe en España una perversión linguística consistente en aplicar el término únicamente a las prácticas de conservación y embalsamiento de cadáveres (estas practicas, un tanto recientes se conocen con el nombre de Tanatopraxia). Lo cual es indicativo de un tremendo desconocimiento e incultura de los que así utilizan la palabra.


De los cuidados paliativos al Ars Moris - "Un abordaje psico-espiritual"

"Aprende a morir y aprenderás a vivir. Nadie aprenderá a vivir si no ha aprendido a morir", así rezaba un viejo manual occidental sobre la muerte y el proceso de morir.

Actualmente, en nuestra sociedad se ha producido un considerable avance en lo referente a la atención al paciente moribundo, desarrollo que se ha realizado por un lado en lo que hace a la terapia del dolor y más específicamente a la farmacología en sí. Pero también, el movimiento de los cuidados paliativos desarrollado a mediados del siglo pasado por C. Saunders en Inglaterra y que da cuenta de la necesidad de brindar una atención compasiva tendiente no sólo a disminuir el sufrimiento físico del paciente sino también a optimizar su calidad de vida, a través del control de los síntomas físicos, emocionales, mentales, sociales.

Pero como supiera decir el sabio maestro budista, Padmasambhava: "Quienes creen que disponen de mucho tiempo, sólo se preparan en el momento de la muerte. Entonces los desgarra el arrepentimiento. Pero, ¿no es ya demasiado tarde?".

En este sentido creo que la pregunta que todos y cada uno de nosotros nos debemos hacer aquí y ahora a nosotros mismos y con total sinceridad es: ¿Qué sé sobre la muerte?".

En primer lugar debemos ser conscientes de que la muerte es un absoluto misterio, pues nadie ha regresado del "más allá" para referirnoslo. Todo lo que contamos es con lo que se denomina "experiencias cercanas a la muerte".

Pero debemos ser con nosotros mismos tan íntegros como lo fue el célebre filósofo griego Sócrates, cuando afirma: "El temor a la muerte, señores, no es otra cosa que considerarse sabio sin serlo, ya que es creer saber sobre aquello que no se sabe. Quizá la muerte sea la mayor bendición del ser humano, nadie lo sabe, y sin embargo todo el mundo le teme como si supiera con absoluta certeza que es el peor de los males".

Aunque si contamos con dos certezas irrefutables. Sabemos que es absolutamente cierto que habremos de morir y también que es absolutamente incierto cuándo y cómo. Angustiosas interrogantes existenciales ambas si las hay.

En "El conocimiento silencioso" de Carlos Castaneda, don Juan, el gran brujo yaqui dice: "Sin una visión clara de la muerte, no hay orden, no hay sobriedad, no hay belleza. Los brujos se esfuerzan sin medida por tener su muerte en cuenta, con el fin de saber, al nivel más profundo, que no tienen ninguna otra certeza sino la de morir. Ese conocimiento da a los brujos el valor de tener paciencia sin dejar de actuar; les da, asimismo, el valor de acceder, el valor de aceptar todo sin caer en la estupidez y, sobre todo, les otorga el valor para no tener compasión ni entregarse a la importancia personal". En otro momento expresa: "Los brujos dicen que la muerte es nuestro único adversario que vale la pena. La muerte es quien nos reta y nosotros nacemos para aceptar ese reto, seamos hombres comunes y corrientes o brujos. La diferencia es que los brujos lo saben y los hombres comunes y corrientes no".

Este concepto de la muerte como el gran adversario que nos infunde de valor y paciencia para actuar sin entregarnos a la importancia personal o ego-centrismo nos hace ver a la muerte como un maestro que nos saca de nuestro in-consciente escondite y nos abre a la verdad de la vida y del universo.

Reflexionemos sobre ello. A poco que pensemos, hemos de llegar a darnos cuenta de que en realidad ignoramos quienes somos, es decir, cuándo nos preguntan sobre nuestra identidad respondemos con una diversa variedad de elementos que hemos coleccionado con el fin de definirnos a nosotros mismos (por ejemplo, soy uruguayo, psicólogo, hombre, etc.). Pero cuando todas esas cosas se nos quitan, ¿tenemos idea de quienes somos en realidad sin y detrás de todos esos agregados?.

Además, nos identificamos con nuestro cuerpo y con nuestra muerte, pero que sucederá cuando ya no estén presentes, ¿son estos dos elementos sostenes seguros y confiables de nuestro ser y de nuestra identidad?

Para no hacer frente a estas interrogantes, buscamos y exigimos vivir según un plan pre-establecido, por ejemplo, estudiar, trabajar, formar una familia, etc., etc., de manera de vivir de forma acelerada, ocupando el tiempo con responsabilidades y con cosas materiales.

En una palabra, si deseamos dejar de una vez por todas que la vida nos viva a nosotros y en cambio vivir nosotros la vida (valga la perogrullada), debemos empezar por aceptar la muerte como una gran maestra que continuamente nos susurra al oído: "Carpe diem", es decir, vive la vida en el aquí y ahora, sin dejar situaciones inconclusas, pues no sabemos que llegará primero, si la muerte o el próximo día.

¿Es esta una visión pesimista de la vida, que nos sume en la angustia y el terror continuos? Muy por el contrario. Nos permite una vida plena y fluida, pues al no saber en que momento ha de llegarnos el momento último, evitamos por un lado el dejar asuntos pendientes y minimizamos nuestra personal importancia, y por otro lado, buscamos mantener una comunicación plena y sincera con quienes y con lo que nos rodea, expresando en forma continua un profundo respeto y amor por todo y todos.

Al ser conscientes de que nada es permanente, de que como dijera Lavoisier, nada se pierde sino que todo se transforma, despertamos al hecho de que nada es independiente sino que todo es inter-dependiente con todo y todos. Somos in-dividuos pero también estamos en común-unión y por consiguiente, nuestra más insignificante motivación, acción y/o palabra tiene consecuencias reales en todos los niveles del universo y en todos sus tiempos.

Ergo, hemos de vivir en el aquí y ahora, en el momento presente pues el pasado ha dejado de existir como tal y ahora es parte del presente, y el futuro es algo incierto aunque fecundo y lleno de posibilidades, pero cuya plenitud depende del momento actual; el futuro nace junto con el momento presente y muere con él.

Y así hemos de aprender a ser lo que don Juan llamaba un "hombre de conocimiento", un guerrero espiritual que vive su vida desde y con "impecabilidad".

¿Qué significa lo anteriormente expuesto?, pues nada que menos que comprender que las crisis, el sufrimiento y las dificultades son puntos de inflexión en nuestras aletargadas existencias; son verdaderas oportunidades para transformarnos de y en forma íntegra, dándonos cuenta de la impermanencia de todo y aprendiendo así a aceptar los cambios. Como refiriera Heráclito de Efeso, no nos lavamos las manos dos veces en el mismo río.

Así en la medida en que seamos conscientes del continuo fluir de la existencia en una espiral mutacional dinámica y permanente, aprendemos en consecuencia que el apego y la posesividad de personas, ideas y/o cosas es algo falso y que nos hace daño. Por consiguiente, al aceptar la no permanencia, disminuye nuestro apego y el consiguiente dolor por las eventuales pérdidas, reales o no y ganamos en compasión, alegría, amor, bondad y sabiduría al confiar plenamente en nosotros mismos; implica en definitiva un pararnos sobre nuestros propios pies, siendo responsables de y por nosotros mismos.

Ahora, si todo cambia y muere, pero nada se pierde, sino que todo se transforma, entonces, ¿qué es la vida y qué es la muerte?. ¿Qué hay detrás de la vida y qué tras la muerte, si es que algo hay? A lo que podríamos agregar: ¿de dónde venimos y hacia dónde nos dirigimos?; ¿qué sentido tiene nuestra existencia?, y en definitiva, ¿quién soy?.

Esto daría (y dará) cuenta de otro momento reflexivo, pero ahora preguntémosnos, ¿qué es lo que en verdad ha de contar en el momento de nuestra muerte?.

Pues hay dos elementos básicos y fundamentales, uno es cómo hemos vivido nuestra vida (y como la vivimos), y el otro es cuál ha de ser el estado de nuestra mente en el momento de la muerte.

Como dice Sogyal Rimpoché: "El último pensamiento y emoción que tenemos justo antes de morir ejerce un poderosísimo efecto determinante sobre nuestro futuro inmediato. Este último pensamiento o emoción puede amplificarse desproporcionadamente e inundar toda nuestra conciencia en el momento de la muerte. En este momento nuestra mente se encuentra completamente expuesta y vulnerable a cualquier pensamiento que entonces nos ocupe".

Tengamos en cuenta que nuestra reacción ante una enfermedad terminal o directamente ante la muerte dependerá de nuestra personalidad, de los valores que sustentemos y de nuestro conocimiento espiritual (conocimiento y no simple creencia).

Como afirmábamos, vivir una "vida impecable" como decía don Juan, daría cuenta asimismo del logro de la capacidad de lo que podríamos denominar como "morir con arte" o "ars moris", que consistiría en afrontar el momento último de nuestra existencia sin desear ni pensar en nada, sin mantener apego a ser o cosa alguna.

Y esto se lograría tan sólo a través de la práctica de un camino espiritual, que no necesariamente religioso. La consecución de una visión espiritual implica ni más ni menos que mirar hacia dentro nuestro, disolviendo aquellos aspectos fragmentarios y en perpetuo conflicto en nuestra conciencia, relajando la tensión del ego y volviendo a reposar en la naturaleza de la mente. Se podría decir que consiste en una metodología, una praxis tendiente a lograr una plena conexión con nuestra esencia más íntima.

En conclusión y coincidiendo plenamente con C. Longaker, afirmamos que las cuatro tareas básicas para experimentar con plenitud la vida y la muerte son: 1) darnos cuenta de que el sufrimiento existe y que se puede transformar en una experiencia de plenitud; 2) mantener una comunicación con nosotros mismos y con los demás, donde nos expresemos con todo nuestro ser y fundamentalmente con nuestro corazón, lo más compasivos y libres de apego que podamos; 3) prepararnos espiritualmente para la muerte, lo que implica el ser capaces de vivir en el momento presente, sin dejar situaciones inconclusas que sólo han de constituir un lastre que incrementará nuestro dolor y sufrimiento y el de quienes nos rodean; 4) encontrar significado a nuestra existencia, sintiéndonos seres plenos a pesar de nuestras imperfecciones, aceptando nuestros errores y expiando los que podamos haber cometido.

Cabe concluir que para todas aquellas personas interesadas en esta disciplina, ya sean o no profesionales, existe actualmente un espacio de intercambio de ideas y experiencias, así como la posibilidad de efectuar consultas, técnicas y/o personales en:

http://groups.msn.com/thanatologia/

En este trabajo tan sólo hemos abordado en forma incipiente algunos de los aspectos que se han de constituir en una verdadera ciencia y arte de la vida-muerte, entendiendo ambos como dos aspectos de un mismo continuum. La Tanatología como disciplina naciente, entendemos, debe dar cuenta de ello. Desde que nacemos, somos seres signados por y hacia la muerte, y luego de ella ¡...!


Bibliografía
  • CASTANEDA, Carlos: "El conocimiento silencioso" - FCE. - 1998
  • DALAI LAMA y HOPKINS, Jeffrey: "Acerca de la muerte" Edit. Océano - 2003
  • KAPLEAU, Philip: "El zen de la vida y la muerte" - Ediciones Oniro - 1998
  • KÜBLER-ROSS, Elisabeth: "La muerte: un amanecer" - Edic. Luciérnaga - 1991
  • LONGAKER, Christine: "Afrontar la muerte y encontrar esperanza" - Ed. Grijalbo - 1998SOGYAL Rimpoché: "Destellos de sabiduría" - Ediciones Urano - 1996
  • SOGYAL Rimpoché: "El libro tibetano de la vida y la muerte" Ediciones Urano - 1994
  • VARELA, Fco. J. "El sueño, los sueños y la muerte" - José J. De Olañeta, Ed. –1998